Yu-gen

Por Haroldo de Campos


este libro es un vuelo, un entrevuelo. imágenes y palabras se entrecapullan y se liberan como (de las crisálidas) mariposas de alas levísimas que se convirtiesen en hojas y cayesen, que se convirtiesen en pétalos y se despetalasen, se convirtiesen en seda y se deshiciesen en los hilos voladores de un intermitente poema caligráfico. los colores son palabras, las palabras colores. oriente despunta en la garganta del pájaro. las palabras son pictogramas y gorjean. el trazo del pincel es un iris de soplos que susurra bermellones, amarillos, naranjas, cinabrios, hace oír una flauta de oro o un pífano de rubí mientras, entre gestos de lila y verde-hoja, redoblan velados tonos de gris y ónix. la pintora y el poeta contemplan el corazón canoro de la palabra color. aleteos: un vuelo. este libro.

GENJI MONOGATARI

bajo la luna

de agosto

del año 1004

lady murasaki

escribió aquí

las historias de Genji

usted puede verla

resplandor de seda

kimono blanco

violeta y verde

en el acto de:

mujer-mariposa

posada en el borde

de su tintero 

OSAKA JARDIN DE PIEDRAS

piedra  piedra  piedra

arena

piedra

en la arena peinada

monjes de piedra

conversando piedra 

en un conciliábulo

de arena y

piedra

dos leones rampantes

guardan a los leones del templo

boca abierta: respirar la vida

boca cerrada: retardar el fin

el tiempo se deja peinar

como la arena

y tiene el color

sereno

 del té

 que nos sirven

TEMPLO DE PLATA (Gingaku Ji)

entre camelias

paredes de madera

marrón-ceniza

ventanas blancas

esperando en vano

el toque de plata

madera callada

ventanas ciegas

mano de cal

el mar de china

y el monte fuji

coexisten en la arena

blanca

al oro obsesión

del otro templo

le responde esta

rarísima

penuria blanca

AKARI

rubí total

punta de luz

aquí empieza el 

sol 

RYOANJI

el silencio

diseñado jardín

susurra un koan de piedra

caligrafiado en la arena

¿son dorsos de tigre

estos que asoman

en la espuma de la arena blanca?

quince piedras

pero nunca se ven todas

imaginar las que faltan (las piedras)

alegra la mente 

con ausente presencia 

TEMPLO DE ORO

(Kinkaku ji)

hojas de oro

todo oro

tanto oro

que los ojos se dejan abrasar

por una llamarada

amarilla

el monje que lo incendió

tuvo celos de su

intolerable belleza

VIENTO ENTRE LOS PINOS

muchacha pinoviento

danza

con su kimono moradoplata

vestida de príncipe

gesto y abanico

la amante se convierte en el amado

treinta años para ver esta danza

ahora que la vi

ya puedo retornarla

intacta

a la memoria de Dios

IDEOPLASTIA

Carmen

hace un gesto

de porcelana

Ming

el Universo

se detiene

pacificado

en la curva de su 

dedo 

meñique  

DANZA NOH

blanco

blanco

rojo

blanco 

blanco

rojo

levitar

sin dejar 

el suelo

tomar la gravedad

como quien suspende

la respiración

TÚMULO EN GIDIN-JI

hojas de

banano en el

túmulo de

bashō  (matsuo)

el sr banano

(colas de faisán

en el viento 

en la lluvia

orejas de dragón verde) 

el verde amarillea

curvo

sobre la piedra pulida

inscripta /

flores salen de

vasos de 

bambú

(en el campo árido

mariposas aún

sueñan)

Traducción del original portugués, Amalia Sato

Mil grullas: la ceremonia del té y sus tazones fantasma

Por Amalia Sato 

Figura emblemática, miembro de la Escuela de las Nuevas Sensibilidades (Shinkankaku School), guionista de un clásico del cine experimental de 1926 (“Una página de locura” dirigida por Kinugasa Teinosuke), Kawabata Yasunari desde muy joven se instala activamente en el medio artístico. Su vida se había iniciado con una presencia de muerte que sólo “el inútil esfuerzo”, sobre el que permanentemente vuelve, podía mitigar en parte: inútil esfuerzo por acceder a la belleza, a los conocimientos de un Occidente trasvasado, inútil esfuerzo de la escritura. Perseguido por las pérdidas, la de su padre cuando era una criatura de 18 meses, su madre un año más tarde, su nodriza a los 6, su hermana a los 10  su último familiar, el abuelo, en esa sucesión leyeron los estudiosos japoneses una “disposición de huérfano”, que sólo encontró refugio en un mundo literario.

En una conferencia que dictó en Hawaii en 1969, titulada “La existencia y descubrimiento de la Belleza”, Kawabata cuenta cómo sentado en un lujoso hotel, tiene una mañana la visión de mesas dispuestas en una terraza, con cientos de vasos colocados boca abajo brillando como diamantes bajo el sol tropical. Algo que nunca había visto y que lo deleita. Sentencia entonces que la literatura no hace sino registrar tales encuentros con la belleza.  

 Para Kawabata, los mejor calificados para descubrir la pura belleza son los niños pequeños, las mujeres jóvenes y los hombres moribundos. Así, las mejores sorpresas de estilo las deparan los textos escolares; así, toda su obra refleja su fascinación con un tipo de inmaculada mujer idealizada. Y por eso su ensayo clave se titula “Los ojos de un hombre moribundo”. 

La trama de Mil grullas (Senbazuru) gira alrededor de uno de los ritos consagrados de la cultura japonesa, la ceremonia del té, encuentro  que desde el siglo XIII pacificaba a los guerreros. Para imaginar las escenas con los objetos apropiados se justificaría la consulta a una enciclopedia de arte: la grullas de la pañoleta auspicioso símbolo de longevidad; los tazones ceremoniales de cerámicas renombradas: el Oribe oscuro con toques de blanco y diseño de helechos de la primera ceremonia; la jarra Shino de esmalte blanco y tenue rojo para la ofrenda floral fúnebre; el par de Raku, negro y rojo – tazones hombre/esposa; el terrible Shino cilíndrico con la huella imborrable de un lápiz de labios – que será lanzado en una suerte de exorcismo pero cuyos pedazos habrá que enterrar con respeto; el Karatsu verduzco con toques de azafrán y carmesí, de asimétrica factura coreana que conformará con el anterior otra bella pareja de objetos fantasma. Las acuarelas de Sotatsu y la  caligrafías del poeta Muneyuki que decoran el altar estético. Es el refinado mundo de la ciudad de  Kamakura, son los entornos del templo zen Engakuji.

El recuerdo de una muchacha hermosa reaparecerá a lo largo del relato en la imagen de las mil grullas de su pañoleta, en contraste con la presencia de la madre y la hija que serán amantes del protagonista. Desde el principio ya se dibuja un triángulo de mujeres que el protagonista ve de espaldas y al ingresar al recinto ceremonial. Se sucederán sin fin: la madre del joven Kikuji, desdibujada; Chikako la mujer de la mancha en el pecho, amante del padre de Kikuji,  manipuladora que se apropia de la ceremonia y de los objetos que han pasado de mano en mano; la señora Ota, frágil carnalidad que enlaza dos generaciones de hombres; Fumiko, evanescente y en quien se continúa el kharma amoroso de la madre, y Yukiko, la joven de quien sólo se dice que es bella pues su gusto exquisito – la elección del diseño de su pañoleta y un bordado de lirios en su cinto – la califican sin necesidad de ninguna descripción. Todas serán vértices de sucesivas combinaciones.    

En la noción de estructura novelística que Kawabata trabajaba, los incidentes eran más importantes que las conclusiones, y por eso lo más rico de la novela son los diálogos. Muchos compararon sus desarrollos con los de las lentas obras de teatro noh: pues su placer eran los tiempos morosos que los plazos de entrega a las revistas le permitían; como en los versos encadenados, era la serie lo que le interesaba. Sus finales suelen ser vertiginosos, como lo es el de ésta, donde Fumiko desaparece y Kikuji sospecha que se ha suicidado igual que su madre, la señora Ota. 

La práctica novelística de Kawabata no coincide con sus teorizaciones sobre la estructura en tres pasos. Sus novelas podrían terminar en cualquier punto y se diría que nunca hay un final. Se percibe un crecimiento sin un plan preconcebido, influido por la técnica del fluir de la conciencia que admiraba en la narrativa de Joyce y Proust, y la tradición japonesa de una continuidad por adición como en el Genji o El Libro de la almohada. No hacía caso del concepto de argumento, una superstición heredada de la aplicación de conceptos dramáticos, que no aplicaba a sus novelas que se iban conformando, como las redacciones infantiles con oraciones impredecibles, libres, iluminadas. Kawabata, que dejó muchísimos escritos inconclusos, también solía practicar otro curioso ejercicio: reducía los textos extensos a lo que llamaba “relatos del tamaño de la palma de una mano”, operación en la que lo consideraban maestro.  

Al recibir en 1968 el Premio Nobel, al que mucho colaboraron las espléndidas traducciones al inglés de Edward Seidensticker, Kawabata invocó el bello Japón, el Japón estético que desde el siglo XIX intriga a Occidente. Un Japón tradicional, “ya ido”, que él encontraba en espacios naturales alejados de lo urbano o en los lugares donde se cumplían los viejos ritos: “el otro mundo” ajeno a la cotidianeidad, donde hay una regresión a lo maternal al dejarse dominar el hombre por el sentimiento de amae (tomar provecho de la benignidad de otro, mostrarse como un niño consentido). Aquí, la casita del jardín, donde se practica la ceremonia del té, espacio preservado donde los tazones se cargan de una emotividad que desafía al tiempo y en el cual el rito convoca a un eros que se vierte en cada gesto, contaminando a sucesivas generaciones de amantes. Pero la experiencia espiritual y estética se convierte, en manos de Chikako, en un ejercicio de la perversión, en un momento de gran tensión, en una exhibición de poder – como en el siglo XVII lo hacía Toyotomi Hideyoshi el jefe militar al desplegar los objetos ceremoniales de sus predecesores.      

Como esas “islas en un mar distante” que le atraían, trabaja Kawabata su estilo elusivo tan influido por su clásico favorito, el Romance de Genji. Para percibirlo en bruma hay que sostener la ilusión de una lengua donde hay un modo para los hombres y otro para las mujeres, con una entonación, desinencias verbales y vocabularios diversos, donde los adjetivos declinan con indicaciones temporales, donde hay infinidad de recursos para expresar la duda, la suposición, lo incompleto. El primer episodio de Mil Grullas se publicó en 1949, en 1951 la da por terminada. En un haiku del mes de enero de 1953, prometía:

En el cielo de Año Nuevo

Mil grullas vuelan

O así me parece.

Pero la breve historia que inicia entonces, con el mismo protagonista, queda inconclusa. 


(Prólogo a Mil grullas, editorial Emecé)

Bailarinas (Maihime) de Yasunari Kawabata.

Bailarinas (Maihime) Bailarinas (Maihime) de Yasunari Kawabata se publicó por entregas en el diario Asahi y se editó como libro en 1955 en la editorial Shinchosha. Mikio Naruse, con guión de Kaneto Shindo, la filmó dándole el papel protagónico a la actriz Mieko Takamine. Curiosas son las observaciones de Yukio Mishima, amigo y admirador de Kawabata, que constan en una nota epílogo en la primera edición. Opina que es una novela donde los personajes aparecen, nos intrigan y desaparecen sin que ninguna relación se desarrolle. Yagi, el marido de la protagonista, simboliza al artista, sin duda un demonio pero sin fuerza. Todos padecen ese mismo desvalimiento, como si a propósito el autor desistiera literariamente de todo momento capaz de provocar alguna embriaguez, observa fascinado.

Las dos maihime, dedicadas al ballet clásico occidental, madre e hija, resultan desvaídas: una resignada y retenida por el pasado, la otra una promesa con un futuro no tan promisorio; el mundo activo de la danza que la novela muestra es obra de otros, no de sus acciones sin potencia. Y como leitmotiv funesto Mishima destaca el pez carpa blanco en el Foso Imperial. Le resulta natural que el amante Takehara se preocupe por una mujer que se abisma en la observación de ese pez ominoso, símbolo estético del Nihilismo. Namiko es así una protagonista de teatro noh, una shite elegante y triste que se derrumba pero no con la inflamada infelicidad de Madame Bovary. Kawabata no se mueve de su postura, la vida en su novela se ve así y este es su modo de realismo, que provoca en sus lectores la sensación de “rascarse por encima del zapato” (kakka soyo), es decir, no llegar a capturar nada – como con humor Mishima reconoce-. La tragedia de la desintegración de la familia, del núcleo ie, en la posguerra, un derrumbe que acompaña la democratización del país, es también un tema pero aquí los protagonistas portan la semilla de la destrucción casi independientemente de la época. Yagi como un entomólogo que ama a Namiko, desde su peculiar dimensión de amor, transforma a su mujer en un cisne blanco. Arte y vida cotidiana son enemigos permanentes. Y la mujer que se sacrifica por el arte, se vuelve insignificante, infértil, una mujer piedra (umazume). Estos los juicios de Mishima y esta su conclusión: “Lo bello eterno para Kawabata – y, si lo digo yo, creerán que es un comentario interesado – es el tipo de belleza de los jovencitos: Matsuzaka y su brillo que ilumina como una hada o un efebo griego, o el dios Sagara, o la máscara de Kikujido en El sonido de la montaña. Creo que este es su sueño eterno”. Agreguemos que Bailarinas funciona también como un espejo empañado de la primera obra consagratoria de Kawabata de 1926, La danzarina de Izu (Izu no odoriko), pues en ambas la península de Izu y la ciudad de Shimoda son los destinos finales del relato.

Lugares cargados, por otra parte, de mucha simbología, pues fue el puerto de Shimoda uno de los que debió abrirse a Occidente ante la presión de los navíos negros del Comandante Perry. De la bailarina ambulante y popular de la primera novela, a estas dos practicantes de ballet clásico; del joven escritor que vagabundea por una geografía de montañas, aguas termales y playas, y narra el encuentro con un primer amor, al maduro novelista tomado por la melancolía sin fin de la posguerra en esta novela que transcurre en invierno. Su discurso “Yo, que pertenezco al bello Japón” (Utsukushii Nihon no watashi), pronunciado al recibir el Premio Nobel en 1968, trazó muy claramente el mapa emocional donde Kawabata deseaba perderse.

Amalia Sato/ Mami Goda. Buenos Aires, mayo 2018.

Dos historias fantásticas: La Llorona y Yotsuya Kaidan

Por Guillermo Quartucci, publicado en revista la Tokonoma 7

En todas las sociedades y culturas tradicionales existen historias de aparecidos, en su mayor parte expresadas a través de leyendas que se han transmitido oralmente de generación en generación. México y Japón, en el período histórico inmediatamente anterior a la modernización, es decir, en México en el período virreinal (1521-1823) y en Japón en la época Edo (1603-1868), son particularmente ricos en este tipo de historias.
En el Japón de los Tokugawa eran muy populares los encuentros denominados hyaku monogatari, en los que la gente se reunía para intercambiar historias de miedo, especialmente en las tórridas noches de verano. Cada uno de los participantes (que no tenían que ser cien, cien en este caso significa muchos) se sentaba frente a una vela encendida, que debía ser apagada en el momento en que terminaba de narrar su historia. Con la última historia contada y la última vela apagada, la oscuridad de la noche se adueñaba del espacio y volvía al ambiente propicio para experimentar esa particular sensación del “placer del miedo”, como la denominaba Lafcadio Hearn.
En el período Edo, en Japón se produjo un boom literario de publicaciones dedicadas a este tipo de literatura, con antologías que recogían historias fantásticas autóctonas, historias importadas de China e historias importadas de China adaptadas a la idiosincrasia japonesa. También el teatro kabuki, el bunraku y las recitaciones de kaidan y kôdan eran pródigos en este tipo de narraciones, especialmente en la última etapa del período, cuando la descomposición del sistema (es decir, durante el bakumatsu) provocó una mayor demanda de temas bizarros y fantásticos. Asimismo, contribuían a este fenómeno las condiciones de vida de la época y el valor de sugerencia de unas ciudades, donde todavía era muy difícil desterrar las sombras de la noche y su consecuente carga de temor y fantasía.
En México, durante el Virreinato, si bien las historias fantásticas no tienen el alcance editorial de las japonesas, hay numerosos testimonios de un gran corpus de leyendas de aparecidos que la gente gustaba relatar en ciertas ocasiones sociales, cuando el grupo se reunía para celebrar algún acontecimiento y la oscuridad de la noche hacía propicio el momento para adentrarse en compañía en el atractivo mundo de lo oculto. Escritores del siglo XIX dejan asentado en sus memorias de la infancia, las veladas que solían pasar junto a otros niños, donde nunca faltaba una abuelita o una nana que se dedicara a entretenerlos con historias de terror.

El romanticismo del siglo XIX

Si bien las historias de fantasmas, con el propósito manifiesto de provocar la sensación del miedo, tanto en México como en Japón, nacen en los siglos anteriores, es a partir de la modernización cuando cobran un nuevo significado. La modernización de Japón comienza a partir de la Restauración Meiji, en 1868, y la de México con la Restauración de la República, en 1867, y a ambas fechas siguen cuarenta años de relativa paz y prosperidad que permiten a los círculos de escritores comenzar a plantearse de una manera novedosa las cuestiones del quehacer literario.
En los primeros años hay una euforia racionalista y positivista que lleva a los escritores de ambos países a rechazar Edo y el Virreinato, como épocas de oscurantismo y superstición que impiden el avance de la ciencia y las fuerzas sociales progresistas. En Japón, con el lema de “civilización e ilustración” (bunmei kaika) y en México con el de “orden y progreso”, ambos lanzados desde arriba, se logró movilizar durante dos décadas a los grupos sociales más progresistas, incluido el de los intelectuales. Sin embargo, hacia la última década del siglo XIX, surgieron pensadores, literatos y artistas que, velada o abiertamente, criticaron la vacuidad del presente y se refugiaron en el pasado como una forma romántica de escapar a lo que ya se vislumbraba como fracaso del positivismo. Se inicia así lo que podría considerarse un desarrollo tardío, si se compara con Europa, de la corriente romántica.
En el retorno nostálgico a Edo y el Virreinato, y sobre todo en el rescate de las viejas historias de terror y espanto que parecían haberse disipado con la llegada de la electricidad y los tranvías, algunos finos intelectos de la élite de Japón y México lograron la hazaña de impedir que se perdiera la riquísima tradición fantástica, sobre todo de sus vetustas capitales. Las callejuelas de Edo, pobladas de seres extraños que medraban amparados en las sombras, y los rincones apartados de la “muy noble y benemérita ciudad de México”, la capital colonial de la Nueva España, volvieron a ser escenario de historias prodigiosas como las que habían provocado el encanto y el terror de los antepasados, esta vez al filo del siglo XX. Son precisamente dos de estas historias, inmensamente populares en Japón y en México, incluso en nuestros días, el objeto de análisis de este trabajo: La Llorona y Yotsuya Kaidan.

La Llorona

De esta historia, como de todos los relatos populares que se han transmitido oralmente de generación en generación, existen varias versiones. Sin embargo, dos son las que han prevalecido. En la más antigua se decía que la Llorona era el espíritu errante de la Malinche, la amante indígena e intérprete del conquistador Hernán Cortés, quien había sido un factor determinante, junto con su pueblo, los tlaxcaltecas, en la derrota por los españoles del Imperio azteca encabezado por Moctezuma, en la tercera década del siglo XVI. Consumada la conquista y muerta ya Malinche, se aparecía en las noches su espíritu errante en las calles de la flamante capital de la Nueva España, llorando y lamentándose, arrepentida de haber contribuido a la derrota del pueblo hermano de los aztecas. Su llanto se escuchaba en todas las casas de la traza española, infundiendo el terror de cuantos lo oían, y muy pronto comenzó a correr la versión de que quien la veía enfermaría gravemente, perdería la razón o simplemente moriría. La aparición se producía en las noches de luna, cuya claridad hacía resaltar la figura de la llorosa mujer, envuelta en una delgada túnica blanca y con el cabello negro y revuelto, lo que acentuaba su carácter espectral. El fantasma, después de recorrer las calles desiertas de la ciudad aterrada, se perdía en las aguas del todavía existente lago de Texcoco. Esta versión tiene su principal exponente en José María Marroquí, cuya Llorona data de 1876.
La otra versión de la Llorona, que es la que ha llegado a nuestros días, es más útil para compararla con Oiwa, la desdichada heroína de Yotsuya Kaidan. En esta versión, la Llorona es Luisa, una guapa mujer mestiza que tiene dos hijos fruto de sus amores con un hidalgo español afincado en México. La dicha parece presidir la vida de la pareja, hasta que un día el hombre le confiesa a su amante que va a casarse con una española que acaba de llegar expresamente a México y que, además, quiere a sus hijos. La mujer, desesperada, trata de retener al hombre de todas las maneras, pero ante el fracaso, ahoga a los niños en el lago de Texcoco, e inmediatamente se suicida. Pasado el tiempo, su espectro errante se desplaza llorando a gritos por las calles de la ciudad, reclamando a sus hijos, sembrando así el terror entre sus habitantes.
Como en la otra versión, su vista puede provocar la enfermedad o la muerte, e igualmente, el fantasma se pierde en las aguas del lago. La versión en verso de Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza, de 1884, opta por esta interpretación de la historia, aunque es la de José María Roa Bárcena, de 1857, la que mejor la cuenta, enmarcándola en comentarios acerca de las creencias del pueblo.

Yotsuya Kaidan

De esta historia también existen variantes, pero básicamente se reducen a dos: la pieza teatral de kabuki de Tsuruya Nanboku IV, Tôkaidô Yotsuya Kaidan, representada por primera vez en 1825, y una narración presuntamente real de los hechos que apareció en 1829, aprovechando el éxito de la pieza de Nanboku, y que describe los hechos reales que dieron lugar a la erección del santuario shintoista de Oiwa Inari, en Yotsuya.
La versión de Nanboku nos habla de Oiwa, una bella y filial muchacha, hija de un carpintero, que decide casrse con un rônin, Iemon, quien es adoptado por la familia ante la ausencia de herederos masculinos.
Iemon, un hombre ambicioso, no está satisfecho con el matrimonio, menos cuando nace el primer hijo, que lo molesta con su llanto. Además, Oiwa sufre las consecuencias del parto y debe permanecer todo el tiempo en cama. La nieta de un acaudalado vecino pone sus ojos en Iemon, pero para unirse a él trama, junto con su abuelo y el samurai, la forma de quitarse del medio a Oiwa. Con la excusa de que va a recuperar su salud, hacen beber a Oiwa un poderoso veneno, que a las pocas horas desfigura horriblemente una parte de su cara y le hace caer la mitad del cabello. Transformada en monstruo, se suicida. Cuando Iemon la encuentra, la clava en una tabla, junto con un criado fiel que descubre el engaño y es asesinado por Iemon, y arroja a ambos al río. La noche en que intenta consumar su amor con la nueva esposa, ésta se transforma en Oiwa y Iemon le corta la cabeza con la espada, para descubrir, aterrorizado, que no es Oiwa. El abuelo de la muchacha oye los gritos y cuando se aparece en la puerta del cuarto donde se ha cometido el crimen, Iemon ve en él al criado asesinado días atrás, y también lo mata con la espada. Al darse cuenta de lo que ha hecho, huye de Edo, pero al pernoctar a la orilla del río, de pronto surgen de las aguas los fantasmas enfurecidos de Oiwa y el criado, que dan cuenta de él. James de Benneville publica en 1921 una versión en inglés de esta historia que sigue en parte a Nanboku, pero que incorpora elementos aportados por la versión en kôdan de finales de Edo, también muy famosa.
La historia del santuario shintoista de Oiwa Inari, de 1827, retomada por Tanaka Kôtarô, en la década de los veinte de este siglo, cuenta que Oiwa, hija de un samurari de bajo rango, funcionario policial, enferma de niña de viruelas, como resultado de lo cual su rostro queda desfigurado y pierde un ojo. Cuando llega el momento de casarla, conociendo las dificultades que la fealdad de su hija entraña, arregla mediante un nakôdo unirla a una samurai desempleado, joven y simpático, Iemon, que anda buscando rehacer su suerte y se convierte así en el heredero de la familia de Oiwa. Un samurai amigo de Iemon, cuando se entera de que una de sus dos amantes está embarazada, pide a Iemon que se case con ella, para lo cual debe repudiar a Oiwa. Cuando ésta sabe la verdad, enfurecida, desaparece, y vuelve a aparecer, como fantasma vengativo años después, cuando ya la familia de Iemon ha aumentado en varios hijos, para ir acabando uno a uno con ellos, incluidos Iemon y su esposa, hasta borrarlos de la faz de la tierra. La superstición popular convirtió a Oiwa en un fantasma que, como la LLorona en México, aterrorizaba a los vecinos de Yotsuya, en Edo, al punto de matarlos del susto. Para apaciguar el espíritu errante de Oiwa, se levantó el santuario de Oiwa Inari, y con la veneración de su memoria, el fantasma dejó de aparecer.

Los fantasmas enfurecidos de la Llorona y Oiwa

En las dos historias que se acaban de narrar hay varios elementos comunes que hacen interesante intentar una comparación de dos culturas tan alejadas en el espacio, como son las del México virreinal y el Edo de los shogunes, no obstante, paralelas en el tiempo.
En primer lugar, el aspecto de estas dos mujeres despechadas, cuya furia y muerte antinaturales hacen que vuelvan a manifestarse en este mundo, para terror de los vivos: ambas, según la mayoría de las descripciones, aparecen con una túnica blanca y vaporosa, vestimenta talar de la Llorona, propia de los religiosos de la época, mortaja con que se envolvía a los muertos en Japón, la de Oiwa. Ambas presentan la larga cabellera suelta y desordenada, y su gesto es tan horroroso que nadie que las haya visto puede escapar a la locura o la muerte.
Asimismo, ambas mujeres en su peregrinar emiten gritos aterradores, de llanto en la Llorona, de risa sarcástica en Oiwa, que hielan la sangre de cuantos los escuchan.
También el marco en el que aparecen es muy similar: la antigua traza (centro) de la ciudad española en México y las colinas de Yamanote en Edo. Ambas ciudades, en la época premoderna, estaban casi totalmente en penumbras y la sombra de los palacios de los hidalgos españoles y de las iglesias y conventos, en México, y de las residencias (yashiki) de los samurai y los templos budistas y santuarios shintoistas, en Edo, se transformaban en formas ominosas para la imaginación popular. También ambas ciudades estaban atravesadas de canales y acequias que las hacían más sugestivas.
La hora es la medianoche: cuando las campanas de la Catedral dan las doce, en México; cuando llega la hora del buey (ushimitsudoki, la una de la mañana en el actual horario) en Edo, momento en que aparecen los fantasmas. Lo avanzado de la noche, además de propicio para el recogimiento, favorece la aparición de criaturas extrañas. Todavía las ciudades no cuentan con un sistema de alumbrado público, con lo que la noche continúa siendo el marco perfecto para el horror y el misterio.
En cuanto a las razones por las cuales estas dos mujeres no pueden encontrar la paz después de muertas, tanto en La Llorona, como en Yotsuya Kaidan, hay elementos comunes de naturaleza social y de creencias religiosas que hacen interesante la comparación.
Ambas historias ocurren en las zonas donde habita la clase social que ostenta el poder: los españoles en México, los samurai en Edo. Siempre ha habido en la imaginación popular una marcada preferencia por situar las historias más atractivas donde los ricos y poderosos viven, en una muestra clara de la fetichización del dinero y el poder. Desde el punto de vista de la tensión narrativa, el marco que prestan las áreas donde vive la gente importante, con sus edificios majestuosos e imponentes, acrecienta la eficacia del relato. Estas historias permiten al narrador de extracción popular, adentrarse, aunque sea con la imaginación, en espacios de otra manera vedados a su condición social y donde el que detenta el poder es el malvado: véase al hidalgo que seduce a la mestiza Luisa, la infeliz Llorona, o el samurai que engaña a la fea Oiwa, el desdichado espectro de Yotsuya.
Por otra parte, este tipo de narración popular, a falta de otra calidad positiva del sexo femenino que no sea la de madre abnegada y fiel esposa, convierte a la mujer, objeto pasivo de la lujuria y ambición del hombre, cuando se enoja, en una erinia capaz de aterrorizar a toda una comunidad con su sed de venganza, y en su versión extrema, un fantasma furioso que no logra la paz hasta que todos le rindan el homenaje que en su condición de mujer, el ser irracional por excelencia, se le negó en vida. El concepto de onryô, espíritu furioso, en japonés, es muy útil para definir la actitud de estos seres que existen en todas las culturas.
Tanto en la creencia cristiano-católica, como en la budista-animista populares, las personas que mueren en circunstancias violentas o bajo los efectos de una pasión muy fuerte, no pueden alcanzar la paz post-mortem hasta que se apague su estado de confusión. En el rito católico son las plegarias por las ánimas del Purgatorio – adonde van a parar los que mueren carentes de estado de gracia – las encargadas de restaurar la paz de los espíritus. En el budismo-animismo, muy mezclado en Japón, el alma de los muertos alcanzará la paz en su mundo de sombras cuando se les construya un monumento funerario, y se rece lo suficiente como para calmar su desdicha. No hay peor cosa que morir mientras se padece el sentimiento de urami. Urami, que significa resentimiento, rencor (grudge, en inglés), es junto con onryô, un concepto aplicable con mucha utilidad a otras culturas.

Mario Lunetta y el departamento de Mario Praz.

Casas maravillosas de personas excepcionales por Amalia Sato

Mario Lunetta (Roma, 1934) es un crítico literario y de arte, colaborador de programas culturales de la rai y de decenas de diarios y revistas italianas y extranjeras, además de poeta, narrador y ensayista; dueño de una ¨escritura ininterrumpida¨, al decir de Francesco Muzzioli, que atraviesa felizmente todos los géneros. En su libro-galería, Le dimore di Narciso (Las moradas de Narciso, 1997), en quince capítulos-estaciones narra la relación de ciertos individuos excepcionales con sus casas. Aquí presentamos el capítulo dedicado a Mario Praz (1896-1982, Roma), profesor, crítico, historiador del arte, autoridad en literatura inglesa y cultura europea, a quien en 1962 la reina Isabel II nombró Caballero del Imperio Británico, y cuyo Palazzo Ricci así como su persona inspiraron a Visconti en su film “Gruppo di familia in un interno”. Praz fue un erudito que disfrutaba como pocos creando mansiones escenario, donde el horror vacui no daba tregua a la mirada. Romantic Agony (1933)( traducido como La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica) y La casa della vita (La casa de la vida) donde su mansión de la via Giulia y sus objetos son narrados amorosamente, deben figurar entre los libros más bellos del siglo XX. Decía: “Mientras haya cuatro paredes que conserven el aroma de nuestra desvanecida Europa, será dentro de ellas donde desearemos morir”. Una añoranza que cualquiera que guarde profundas memorias de un espacio felizmente habitado comprenderá. En traducción exclusiva para Damiselas, este texto que conjuga a dos brillantes Mario. Mario Praz. El departamento es un estado de ánimo Por Mario Lunetta Si tan solo hubiera sido un estudioso de la literatura y cultura inglesas habría sido, como de hecho lo fue, uno enorme e inimitable. Pero Mario Praz fue algo más: alguien para quien su agudísima especialización no fue jaula sino soberano pretexto para hablar de otra cosa y ver otros espectáculos, mayores o menores, de la historia marmórea o la crónica volage; capturó quimeras y unicornios invisibles a la mayoría, o saboreó manjares de la inteligencia y del gusto inevitablemente antes y mejor que sus contemporáneos.

Quien lo ama como uno de los autores más grandes de nuestro siglo no solo italiano, sabe que su escritura cultísima y al mismo tiempo permeada de gran desprejuicio, modelada sobre una mezcla carnal sólida atravesada por hilos de luz sutiles, tiene la gracia sinuosa de una melodía de clavicémbalo y la brusca energía de quien no soporta nada que sea estupidez, vana presunción, pedantería o falta de estilo. Este entramado de prodigiosa sabiduría y de infalible talento sinestésico lo vuelve, para la Academia italiana de su tiempo, tan profundamente empapada con ¨el simplismo crociano¨ para él insufrible, en alguien sustancialmente ajeno y, hasta en su amadísima ciudad, extranjero.

Praz no es un nostálgico de la historia difunta, un puntilloso laudator temporis acti ciego ante los embrollos del presente. Fija polvo y cenizas, para obtener no una vacua elegía sino una confrontación concisa ¨sobre el trazo de la huella ardiente de los miles de caballeros del Apocalipsis, cuyo fragor parece ser el único aire perceptible en nuestro cielo teñido de sangre¨, como dice en ese libro íntimo y teatral que es La casa de la vida; y los fija, incansablemente, tal vez a través de la mirada tiresíaca de la Tierra baldía de Eliot, que tan admirablemente tradujo: ¨Yo Tiresias, aunque ciego, palpitante entre dos vidas, / Viejo con marchitos pechos de mujer, puedo ver / En la hora violeta, la hora de la noche en que uno se atormenta / Con el regreso, y que lleva a casa al marinero del mar / A la dactilógrafa a la hora del té, levantando la mesa del desayuno, encendiendo / La hornalla, y sacando las latas de comida en conserva (…) Yo Tiresias, viejo con pechos, / He observado la escena, y predicho el resto… ¨ Aquí, en este incansable ver el pasado con los ojos del presente, mezclando el presente con la belleza y el horror del pasado, reside el secreto del Praz más inaprehensible, de su inteligencia con rasgos de extorsión benévola, de su perspicacia de lector crítico y siempre – a la vez e inseparablemente – de su saber de coleccionista. Saber que aúna competencia y amor de connoisseur, intuición de detective y seriedad de método. ¨Conocedor de todas las literaturas del mundo¨ lo definió cierta vez Emilio Cecchi, que fue su amigo con intermitencias en el curso de su relación.

Y Giovanni Macchia afirma con exactitud que de a poco ¨junto al libro, tomaba siempre mayor consistencia en su vida el amor por el objeto, sobre todo por el objeto que le aportara el misterio un poco fúnebre de la existencia cotidiana de una época inexistente, objetos amados no solo por bellos, sino por haber sido salvados milagrosamente del naufragio. La figura del estudioso cedía mayor relieve a aquella del coleccionista, el cual se apartaba con infinita distancia en esta su pasión, que era una sola cosa con su doctrina, de casi todos los colegas que, fuera de sus bien cultivados huertos, no comprendían nada de cuadros, muebles, cristales, porcelanas, estatuas de cera y todas las formas de un estilo que él adoraba: el estilo Imperio¨. Decía Robert de Montesquieu que el departamento es un estado de ánimo, y en ese libro cargado de voluptuosidad espiritual y de éxtasis visuales y táctiles que es La filosofía de la decoración, Praz le hacía eco al afirmar que la casa es una proyección del Yo.

El estilo Imperio, que en los años de juventud de nuestro escritor se consideraba algo inferior despreciado por anticuarios y coleccionistas, fue para él una iluminación fulminante, un verdadero coup de foudre. Además del homenaje mayor que le tributa en una obra magistral como Gusto neoclásico (1939), en la que declara: ¨Es un período que aprecio tanto que no lo puedo juzgar: mientras que la mayoría lo juzga con ligereza, sin siquiera animarse a experimentarlo¨; son testimonio de la impertérrita persistencia de esta llama todos sus libros, desde La casa de la vida ante todo, a Jardín de los sentidos, del Pacto con la serpiente a Voz tras la escena, que es una incomparable ¨antología personal¨, y Los rostros del tiempo así como los capítulos y ensayos, editoriales e incontables artículos, en los que al final, al igual que Mallarmé que estaba convencido de que el mundo existía para convertirse en libro, para Praz todos los estilos existen solo para ¨precipitarse¨ en el gusto neoclásico y el estilo Imperio. Dotado de un humour que sería banal definir como británico, y de un amor por la paradoja que no se preocupaba por provocar el aplauso, este hombre que no era para nada un personaje ornamental, este gran intelectual-artista para nada llamativo, ocultaba en lo profundo un soberbio sentido de la propia dignidad de citoyen, y se permitía decir, desdeñosamente, que nuestra época ¨calificaría de increíble o heroica a una persona que solo cumple con su deber¨ (La casa de la vida). Su vanidad, si es que la tenía, el coleccionista Praz la desarrollaba por completo en la belleza y rareza de los objetos que amaba, y entre los cuales le complacía vivir. ¨Apasionado como soy por la decoración, tengo poca simpatía por las decoraciones oficiales, espectaculares, en las que las proporciones de los objetos se esfuerzan con ingenua elefantiasis por dar sentido a la importancia de los propietarios de los casas¨. Su leyenda se construye sobre el Buen Gusto y la inteligencia policéntrica con que, como formidable erudito y estilista finísimo, ha renovado en nuestro siglo XX la figura del ensayista a la Lamb o a la De Quincey, sin olvidar el ejercicio sin tregua de la mirada y la cabeza ante el caleidoscopio de todos los escenarios del mundo, en consonancia con el amadísimo Montaigne. Y no creo que sea temerario, ardor ideológico aparte, ver en el autor de La muerte, la carne y el diablo en la literatura romántica, en el coleccionista de estatuas de cera, en el ¨anticuario¨ sui generis, en el recolector maníaco de camafeos, siluetas y casas de muñeca, daguerrotipos y autómatas, a uno que por tantas composiciones se aproxima al Walter Benjamin enamorado de las pequeñas excentricidades del bric-a-brac, de las muñecas de materiales pobres, las antiguallas encontradas en los mercados de pulgas, y sobre todo – tal como nuestro escritor – de las citas: al grado de imaginar un libro compuesto exclusivamente con citas. Espléndido sueño visionario. Escrúpulo paradójico y, en el fondo, catastrófico. Anulación del autor. La insostenible constipación del mundo exorcizada homeopáticamente con sus propias materias desmesuradas, desparramadas sobre la página sin solución de continuidad. Para Praz el mundo era, al final, una secuencia de infiernos. Y la casa puede volverse, como dice, un ¨paraíso artificial¨. ¨La vida de un hombre ¿qué es, confrontada con la de sus mudos compañeros: sus muebles, todos los objetos que fiel y silenciosamente lo acompañan a él y a su familia, por generaciones? El hombre pasa y el mueble queda: queda para recordar, testimoniar, evocar al que ya no existe, develar tal vez algunos secretos celosamente guardados que su rostro, su mirada, su voz escondían tenazmente¨. Esto se lee en Souvenirs de Savinio.

Y Praz coincide, cuando en La casa de la vida declara: ¨mi intención como coleccionista ha sido, como consignaron bajo una foto de Joyce, ´escribir el misterio de uno con el mobiliario´¨. La del gran ensayista es, más que una ¨filosofía¨, una épica de la decoración dividida en dos etapas: la del Palazzo Ricci en la calle Giulia (1934-1969) y la del Palazzo Primoli, en el cual vivió hasta 1982, año de su muerte. En estos lugares a su modo mágicos, en estos domésticos ¨paraísos artificiales¨, con el contacto cotidiano cargado de gula y en las páginas de sus libros, el erudito singularísimo que es Mario Praz ha dado vida a sus muebles y objetos llenos de misterio alquímico: operación que no podía realizar si no él: ¨un erudito – como dice Arbasino – que es también escritor: archivista-catalogador entregado no a las modas sino al Gusto, no a la pedantería y la pesadez y la moralina superficial del literato italiano ´convencional´, sino al fascinante capricho, a la excentricidad encantadora …¨ (1967).

Unos años antes, con gran precisión, Edmund Wilson comentaba: ¨Clasificar a M.P como crítico literario y especialista en cultura inglesa es un gran malentendido sobre su papel. Se lo debería considerar ante todo como artista, y ni siquiera como artista literario, pues los resultados de su actividad como coleccionista de muebles, cuadros y objets d´ art son parte de una obra tan valiosa como sus libros. Es un artista y una personalidad única que se expresa a través de su propio arte conectándose con cualquiera sea el asunto que trate…¨. Y es así que en la obra del escritor, sus casas-museo resplandecen de protagonismo efervescente e inquietante como los más extraordinarios de sus libros. Invitan a decir, parafraseando a la inversa el aforismo de Wilde, cómo Praz ha puesto el propio genio en las obras y el talento en la decoración. El estudioso considera con la misma pasión competente un soneto de Shakespeare y un cuadro de Marguerite Gérard, un poema de Keats y una espléndida biblioteca Regency en madera de rosa, una consola o un reloj con una miniatura de Byron y un pasaje de Addison, un mueble para libros proveniente de Capponcina, una cera policroma del siglo dieciocho, un retrato de Ugo Foscolo de Fabre y un fragmento de Tennyson, un trofeo de armas, un protector de brasas de chimenea decorado, un tintero Restauración, un perfil de Murat en plata, una acuarela, una escultura, un pianoforte Érard, una terracota, un escritorio, un portamaceta, una vitrina napolitana con porcelanas y una cita de Ruskin: evocando de cada uno de los incontables ¨fragmentos¨ que animan sus moradas y que les dan esa encantadora ambigüedad ¨protegida¨, como de teatros fuera del tiempo, historias, giros, yuxtaposiciones peregrinas, iluminando génesis y pases de mano, concediéndoles una dignidad histórico-estética, antropológica y de hábito, que solo una pluma de límpida energía como la suya podía lograr.

La fascinación de las casas de Praz remite constantemente a sus libros, y viceversa: en un juego de espejos ininterrumpido, con un efecto de trompe l´oeil dramático-narrativo, erótico-funerario, sarcástico-paradójico. Un efecto de prestidigitador: del maestro de trucos consumado que, en el fondo de todas sus estupendas extravagancias, conserva siempre en lo profundo el sentido de la muerte dentro de la vida, y de la verdad posible dentro de la muerte. Hoy, al fin, la casa de Praz en Palazzo Primoli en Roma se ha convertido en museo bajo la tutela de la Superintendencia de la Galería Nacional de Arte Moderno. Todos pueden disfrutarla, seguramente mejor después de haber leído con amorosa dedicación esa guía mediúmnica que es La casa de la vida, recientemente republicada por Adelphi. Obtendrán una experiencia inolvidable, una cantidad de estímulos, un placer del texto y del contexto de especie superior. A dos pasos, recuerda Praz, se hospedó Montaigne cuando fue a Roma, hacia fines de 1580: exactamente en el Albergue del Oso. Y en los alrededores de la iglesia de Santa Lucía della Tinta habitó por algún tiempo James Joyce en 1906, que no logró enamorarse de la Ciudad Eterna. ¨ Y si el Palazzo Ricci se identificaba con la casa donde Henry James hizo vivir al desgraciado matrimonio Osmond en Retrato de una dama – escribe Praz -, en esta mi nueva morada desde la ventana de un corredor que toma en toda su extensión la Callejuela de los Soldados, veo al fondo de la graciosa curva de la callecita la Torre de la Mona, con la Madonna en el tabernáculo con forma de almendra, donde Nathaniel Hawthorne hizo habitar a Hilda la Paloma, la falsificadora de cuadros del Fauno de Mármol¨.

La terraza cubre por completo el techo de este edificio napoleónico; y el escritor se demora, en un crescendo de éxtasis sensual, con la mirada de un paisajista experto en las maravillas que logra abarcar: ¨Al subir se tiene una de las tantas bellas vistas de Roma desde lo alto de una terraza. Hay tantas y ya hablé en otra ocasión. Esta de Palazzo Primoli es vasta, y hacia el norte y el este muestra la curva del Tevere, las casas del Pasaje de Ripetta, las robustas cúpulas de la iglesia de la Plaza del Popolo a la entrada de la avenida, Santa Maria de los Milagros y Santa Maria en Montesanto, los campanarios de la iglesia griega de San Atanasio en Calle del Babuino, la cúpula de San Carlo en la Avenida, y más allá, la hilera de los jardines, Villa Borghese y el Pincio, el Casino Valadier, Villa Medici, Trinità dei Monti, y el mirador del Quirinale, el reloj de Montecitorio, la cúpula de Sant´Antonio de los Portugueses (en la época de Montaigne se hablaba de matrimonios entre varones portugueses); y al sur el imponente grupo de cúpulas de San Carlo a´ Catinari, de Sant´Andrea della Valle, de Sant´Agnese, la espiral de Sant´ Ivo, la galería del Palazzo Altemps coronada por el macho cabrío heráldico. Y la vista hacia el oeste, que encuadra San Pedro y Castel Sant´Angelo, decae en un primer plano con esa ¨joya de iglesia gótica¨, como la llamaba un americano que deploraba que no estuviera incluida en la guía, que es la iglesia del Sacro Cuore del Suffragio (en la sacristía se conservan telas chamuscadas de las almas del Purgatorio), con la Casa Madre de los Mutilados y con el Palazzo de Justicia que, enorme desde aquí arriba, pareciera proclamar: ¨Vean con cuántas piedras estoy construido¨, pero resulta tolerable desde las ventanas de mi departamento solo por evocar, al menos para mí, la Avenue de l´Opéra¨.

Un ´exterior´ cumplido por el gesto de un escenógrafo excepcional, grandioso así como minuciosos de maravilla son tantos ¨interiores¨, en vivo o en la página, armados por ese mago que es Praz. ¨Inteligencia imperfecta – decía de sí el escritor – Talento más intuitivo que sistemático¨. Personalmente, tiendo a creer que bromeaba: con la misma ligereza plena de ironía y juego, por ejemplo, que expresa la araña en forma de globo aerostático de su sala comedor, allí, en el encanto de Palazzo Primoli. (de Le dimore di Narciso, por Mario Lunetta, Colezione Centominuti, RAI, ERI, 1997, Roma)

Traducción del italiano: Amalia Sato