Bailarinas (Maihime) de Yasunari Kawabata.

Bailarinas (Maihime) Bailarinas (Maihime) de Yasunari Kawabata se publicó por entregas en el diario Asahi y se editó como libro en 1955 en la editorial Shinchosha. Mikio Naruse, con guión de Kaneto Shindo, la filmó dándole el papel protagónico a la actriz Mieko Takamine. Curiosas son las observaciones de Yukio Mishima, amigo y admirador de Kawabata, que constan en una nota epílogo en la primera edición. Opina que es una novela donde los personajes aparecen, nos intrigan y desaparecen sin que ninguna relación se desarrolle. Yagi, el marido de la protagonista, simboliza al artista, sin duda un demonio pero sin fuerza. Todos padecen ese mismo desvalimiento, como si a propósito el autor desistiera literariamente de todo momento capaz de provocar alguna embriaguez, observa fascinado.

Las dos maihime, dedicadas al ballet clásico occidental, madre e hija, resultan desvaídas: una resignada y retenida por el pasado, la otra una promesa con un futuro no tan promisorio; el mundo activo de la danza que la novela muestra es obra de otros, no de sus acciones sin potencia. Y como leitmotiv funesto Mishima destaca el pez carpa blanco en el Foso Imperial. Le resulta natural que el amante Takehara se preocupe por una mujer que se abisma en la observación de ese pez ominoso, símbolo estético del Nihilismo. Namiko es así una protagonista de teatro noh, una shite elegante y triste que se derrumba pero no con la inflamada infelicidad de Madame Bovary. Kawabata no se mueve de su postura, la vida en su novela se ve así y este es su modo de realismo, que provoca en sus lectores la sensación de “rascarse por encima del zapato” (kakka soyo), es decir, no llegar a capturar nada – como con humor Mishima reconoce-. La tragedia de la desintegración de la familia, del núcleo ie, en la posguerra, un derrumbe que acompaña la democratización del país, es también un tema pero aquí los protagonistas portan la semilla de la destrucción casi independientemente de la época. Yagi como un entomólogo que ama a Namiko, desde su peculiar dimensión de amor, transforma a su mujer en un cisne blanco. Arte y vida cotidiana son enemigos permanentes. Y la mujer que se sacrifica por el arte, se vuelve insignificante, infértil, una mujer piedra (umazume). Estos los juicios de Mishima y esta su conclusión: “Lo bello eterno para Kawabata – y, si lo digo yo, creerán que es un comentario interesado – es el tipo de belleza de los jovencitos: Matsuzaka y su brillo que ilumina como una hada o un efebo griego, o el dios Sagara, o la máscara de Kikujido en El sonido de la montaña. Creo que este es su sueño eterno”. Agreguemos que Bailarinas funciona también como un espejo empañado de la primera obra consagratoria de Kawabata de 1926, La danzarina de Izu (Izu no odoriko), pues en ambas la península de Izu y la ciudad de Shimoda son los destinos finales del relato.

Lugares cargados, por otra parte, de mucha simbología, pues fue el puerto de Shimoda uno de los que debió abrirse a Occidente ante la presión de los navíos negros del Comandante Perry. De la bailarina ambulante y popular de la primera novela, a estas dos practicantes de ballet clásico; del joven escritor que vagabundea por una geografía de montañas, aguas termales y playas, y narra el encuentro con un primer amor, al maduro novelista tomado por la melancolía sin fin de la posguerra en esta novela que transcurre en invierno. Su discurso “Yo, que pertenezco al bello Japón” (Utsukushii Nihon no watashi), pronunciado al recibir el Premio Nobel en 1968, trazó muy claramente el mapa emocional donde Kawabata deseaba perderse.

Amalia Sato/ Mami Goda. Buenos Aires, mayo 2018.

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