Casas maravillosas de personas excepcionales por Amalia Sato
Mario Lunetta (Roma, 1934) es un crĂtico literario y de arte, colaborador de programas culturales de la rai y de decenas de diarios y revistas italianas y extranjeras, además de poeta, narrador y ensayista; dueño de una ¨escritura ininterrumpida¨, al decir de Francesco Muzzioli, que atraviesa felizmente todos los gĂ©neros. En su libro-galerĂa, Le dimore di Narciso (Las moradas de Narciso, 1997), en quince capĂtulos-estaciones narra la relaciĂłn de ciertos individuos excepcionales con sus casas. AquĂ presentamos el capĂtulo dedicado a Mario Praz (1896-1982, Roma), profesor, crĂtico, historiador del arte, autoridad en literatura inglesa y cultura europea, a quien en 1962 la reina Isabel II nombrĂł Caballero del Imperio Británico, y cuyo Palazzo Ricci asĂ como su persona inspiraron a Visconti en su film “Gruppo di familia in un interno”. Praz fue un erudito que disfrutaba como pocos creando mansiones escenario, donde el horror vacui no daba tregua a la mirada. Romantic Agony (1933)( traducido como La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica) y La casa della vita (La casa de la vida) donde su mansiĂłn de la via Giulia y sus objetos son narrados amorosamente, deben figurar entre los libros más bellos del siglo XX. DecĂa: “Mientras haya cuatro paredes que conserven el aroma de nuestra desvanecida Europa, será dentro de ellas donde desearemos morir”. Una añoranza que cualquiera que guarde profundas memorias de un espacio felizmente habitado comprenderá. En traducciĂłn exclusiva para Damiselas, este texto que conjuga a dos brillantes Mario. Mario Praz. El departamento es un estado de ánimo Por Mario Lunetta Si tan solo hubiera sido un estudioso de la literatura y cultura inglesas habrĂa sido, como de hecho lo fue, uno enorme e inimitable. Pero Mario Praz fue algo más: alguien para quien su agudĂsima especializaciĂłn no fue jaula sino soberano pretexto para hablar de otra cosa y ver otros espectáculos, mayores o menores, de la historia marmĂłrea o la crĂłnica volage; capturĂł quimeras y unicornios invisibles a la mayorĂa, o saboreĂł manjares de la inteligencia y del gusto inevitablemente antes y mejor que sus contemporáneos.
Quien lo ama como uno de los autores más grandes de nuestro siglo no solo italiano, sabe que su escritura cultĂsima y al mismo tiempo permeada de gran desprejuicio, modelada sobre una mezcla carnal sĂłlida atravesada por hilos de luz sutiles, tiene la gracia sinuosa de una melodĂa de clavicĂ©mbalo y la brusca energĂa de quien no soporta nada que sea estupidez, vana presunciĂłn, pedanterĂa o falta de estilo. Este entramado de prodigiosa sabidurĂa y de infalible talento sinestĂ©sico lo vuelve, para la Academia italiana de su tiempo, tan profundamente empapada con ¨el simplismo crociano¨ para Ă©l insufrible, en alguien sustancialmente ajeno y, hasta en su amadĂsima ciudad, extranjero.
Praz no es un nostálgico de la historia difunta, un puntilloso laudator temporis acti ciego ante los embrollos del presente. Fija polvo y cenizas, para obtener no una vacua elegĂa sino una confrontaciĂłn concisa ¨sobre el trazo de la huella ardiente de los miles de caballeros del Apocalipsis, cuyo fragor parece ser el Ăşnico aire perceptible en nuestro cielo teñido de sangre¨, como dice en ese libro Ăntimo y teatral que es La casa de la vida; y los fija, incansablemente, tal vez a travĂ©s de la mirada tiresĂaca de la Tierra baldĂa de Eliot, que tan admirablemente tradujo: ¨Yo Tiresias, aunque ciego, palpitante entre dos vidas, / Viejo con marchitos pechos de mujer, puedo ver / En la hora violeta, la hora de la noche en que uno se atormenta / Con el regreso, y que lleva a casa al marinero del mar / A la dactilĂłgrafa a la hora del tĂ©, levantando la mesa del desayuno, encendiendo / La hornalla, y sacando las latas de comida en conserva (…) Yo Tiresias, viejo con pechos, / He observado la escena, y predicho el resto… ¨ AquĂ, en este incansable ver el pasado con los ojos del presente, mezclando el presente con la belleza y el horror del pasado, reside el secreto del Praz más inaprehensible, de su inteligencia con rasgos de extorsiĂłn benĂ©vola, de su perspicacia de lector crĂtico y siempre – a la vez e inseparablemente – de su saber de coleccionista. Saber que aĂşna competencia y amor de connoisseur, intuiciĂłn de detective y seriedad de mĂ©todo. ¨Conocedor de todas las literaturas del mundo¨ lo definiĂł cierta vez Emilio Cecchi, que fue su amigo con intermitencias en el curso de su relaciĂłn.
Y Giovanni Macchia afirma con exactitud que de a poco ¨junto al libro, tomaba siempre mayor consistencia en su vida el amor por el objeto, sobre todo por el objeto que le aportara el misterio un poco fĂşnebre de la existencia cotidiana de una Ă©poca inexistente, objetos amados no solo por bellos, sino por haber sido salvados milagrosamente del naufragio. La figura del estudioso cedĂa mayor relieve a aquella del coleccionista, el cual se apartaba con infinita distancia en esta su pasiĂłn, que era una sola cosa con su doctrina, de casi todos los colegas que, fuera de sus bien cultivados huertos, no comprendĂan nada de cuadros, muebles, cristales, porcelanas, estatuas de cera y todas las formas de un estilo que Ă©l adoraba: el estilo Imperio¨. DecĂa Robert de Montesquieu que el departamento es un estado de ánimo, y en ese libro cargado de voluptuosidad espiritual y de Ă©xtasis visuales y táctiles que es La filosofĂa de la decoraciĂłn, Praz le hacĂa eco al afirmar que la casa es una proyecciĂłn del Yo.
El estilo Imperio, que en los años de juventud de nuestro escritor se consideraba algo inferior despreciado por anticuarios y coleccionistas, fue para Ă©l una iluminaciĂłn fulminante, un verdadero coup de foudre. Además del homenaje mayor que le tributa en una obra magistral como Gusto neoclásico (1939), en la que declara: ¨Es un perĂodo que aprecio tanto que no lo puedo juzgar: mientras que la mayorĂa lo juzga con ligereza, sin siquiera animarse a experimentarlo¨; son testimonio de la impertĂ©rrita persistencia de esta llama todos sus libros, desde La casa de la vida ante todo, a JardĂn de los sentidos, del Pacto con la serpiente a Voz tras la escena, que es una incomparable ¨antologĂa personal¨, y Los rostros del tiempo asĂ como los capĂtulos y ensayos, editoriales e incontables artĂculos, en los que al final, al igual que MallarmĂ© que estaba convencido de que el mundo existĂa para convertirse en libro, para Praz todos los estilos existen solo para ¨precipitarse¨ en el gusto neoclásico y el estilo Imperio. Dotado de un humour que serĂa banal definir como británico, y de un amor por la paradoja que no se preocupaba por provocar el aplauso, este hombre que no era para nada un personaje ornamental, este gran intelectual-artista para nada llamativo, ocultaba en lo profundo un soberbio sentido de la propia dignidad de citoyen, y se permitĂa decir, desdeñosamente, que nuestra Ă©poca ¨calificarĂa de increĂble o heroica a una persona que solo cumple con su deber¨ (La casa de la vida). Su vanidad, si es que la tenĂa, el coleccionista Praz la desarrollaba por completo en la belleza y rareza de los objetos que amaba, y entre los cuales le complacĂa vivir. ¨Apasionado como soy por la decoraciĂłn, tengo poca simpatĂa por las decoraciones oficiales, espectaculares, en las que las proporciones de los objetos se esfuerzan con ingenua elefantiasis por dar sentido a la importancia de los propietarios de los casas¨. Su leyenda se construye sobre el Buen Gusto y la inteligencia policĂ©ntrica con que, como formidable erudito y estilista finĂsimo, ha renovado en nuestro siglo XX la figura del ensayista a la Lamb o a la De Quincey, sin olvidar el ejercicio sin tregua de la mirada y la cabeza ante el caleidoscopio de todos los escenarios del mundo, en consonancia con el amadĂsimo Montaigne. Y no creo que sea temerario, ardor ideolĂłgico aparte, ver en el autor de La muerte, la carne y el diablo en la literatura romántica, en el coleccionista de estatuas de cera, en el ¨anticuario¨ sui generis, en el recolector manĂaco de camafeos, siluetas y casas de muñeca, daguerrotipos y autĂłmatas, a uno que por tantas composiciones se aproxima al Walter Benjamin enamorado de las pequeñas excentricidades del bric-a-brac, de las muñecas de materiales pobres, las antiguallas encontradas en los mercados de pulgas, y sobre todo – tal como nuestro escritor – de las citas: al grado de imaginar un libro compuesto exclusivamente con citas. EsplĂ©ndido sueño visionario. EscrĂşpulo paradĂłjico y, en el fondo, catastrĂłfico. AnulaciĂłn del autor. La insostenible constipaciĂłn del mundo exorcizada homeopáticamente con sus propias materias desmesuradas, desparramadas sobre la página sin soluciĂłn de continuidad. Para Praz el mundo era, al final, una secuencia de infiernos. Y la casa puede volverse, como dice, un ¨paraĂso artificial¨. ¨La vida de un hombre ÂżquĂ© es, confrontada con la de sus mudos compañeros: sus muebles, todos los objetos que fiel y silenciosamente lo acompañan a Ă©l y a su familia, por generaciones? El hombre pasa y el mueble queda: queda para recordar, testimoniar, evocar al que ya no existe, develar tal vez algunos secretos celosamente guardados que su rostro, su mirada, su voz escondĂan tenazmente¨. Esto se lee en Souvenirs de Savinio.
Y Praz coincide, cuando en La casa de la vida declara: ¨mi intenciĂłn como coleccionista ha sido, como consignaron bajo una foto de Joyce, ´escribir el misterio de uno con el mobiliario´¨. La del gran ensayista es, más que una ¨filosofĂa¨, una Ă©pica de la decoraciĂłn dividida en dos etapas: la del Palazzo Ricci en la calle Giulia (1934-1969) y la del Palazzo Primoli, en el cual viviĂł hasta 1982, año de su muerte. En estos lugares a su modo mágicos, en estos domĂ©sticos ¨paraĂsos artificiales¨, con el contacto cotidiano cargado de gula y en las páginas de sus libros, el erudito singularĂsimo que es Mario Praz ha dado vida a sus muebles y objetos llenos de misterio alquĂmico: operaciĂłn que no podĂa realizar si no Ă©l: ¨un erudito – como dice Arbasino – que es tambiĂ©n escritor: archivista-catalogador entregado no a las modas sino al Gusto, no a la pedanterĂa y la pesadez y la moralina superficial del literato italiano ´convencional´, sino al fascinante capricho, a la excentricidad encantadora …¨ (1967).
Unos años antes, con gran precisiĂłn, Edmund Wilson comentaba: ¨Clasificar a M.P como crĂtico literario y especialista en cultura inglesa es un gran malentendido sobre su papel. Se lo deberĂa considerar ante todo como artista, y ni siquiera como artista literario, pues los resultados de su actividad como coleccionista de muebles, cuadros y objets d´ art son parte de una obra tan valiosa como sus libros. Es un artista y una personalidad Ăşnica que se expresa a travĂ©s de su propio arte conectándose con cualquiera sea el asunto que trate…¨. Y es asĂ que en la obra del escritor, sus casas-museo resplandecen de protagonismo efervescente e inquietante como los más extraordinarios de sus libros. Invitan a decir, parafraseando a la inversa el aforismo de Wilde, cĂłmo Praz ha puesto el propio genio en las obras y el talento en la decoraciĂłn. El estudioso considera con la misma pasiĂłn competente un soneto de Shakespeare y un cuadro de Marguerite GĂ©rard, un poema de Keats y una esplĂ©ndida biblioteca Regency en madera de rosa, una consola o un reloj con una miniatura de Byron y un pasaje de Addison, un mueble para libros proveniente de Capponcina, una cera policroma del siglo dieciocho, un retrato de Ugo Foscolo de Fabre y un fragmento de Tennyson, un trofeo de armas, un protector de brasas de chimenea decorado, un tintero RestauraciĂłn, un perfil de Murat en plata, una acuarela, una escultura, un pianoforte Érard, una terracota, un escritorio, un portamaceta, una vitrina napolitana con porcelanas y una cita de Ruskin: evocando de cada uno de los incontables ¨fragmentos¨ que animan sus moradas y que les dan esa encantadora ambigĂĽedad ¨protegida¨, como de teatros fuera del tiempo, historias, giros, yuxtaposiciones peregrinas, iluminando gĂ©nesis y pases de mano, concediĂ©ndoles una dignidad histĂłrico-estĂ©tica, antropolĂłgica y de hábito, que solo una pluma de lĂmpida energĂa como la suya podĂa lograr.
La fascinaciĂłn de las casas de Praz remite constantemente a sus libros, y viceversa: en un juego de espejos ininterrumpido, con un efecto de trompe l´oeil dramático-narrativo, erĂłtico-funerario, sarcástico-paradĂłjico. Un efecto de prestidigitador: del maestro de trucos consumado que, en el fondo de todas sus estupendas extravagancias, conserva siempre en lo profundo el sentido de la muerte dentro de la vida, y de la verdad posible dentro de la muerte. Hoy, al fin, la casa de Praz en Palazzo Primoli en Roma se ha convertido en museo bajo la tutela de la Superintendencia de la GalerĂa Nacional de Arte Moderno. Todos pueden disfrutarla, seguramente mejor despuĂ©s de haber leĂdo con amorosa dedicaciĂłn esa guĂa mediĂşmnica que es La casa de la vida, recientemente republicada por Adelphi. Obtendrán una experiencia inolvidable, una cantidad de estĂmulos, un placer del texto y del contexto de especie superior. A dos pasos, recuerda Praz, se hospedĂł Montaigne cuando fue a Roma, hacia fines de 1580: exactamente en el Albergue del Oso. Y en los alrededores de la iglesia de Santa LucĂa della Tinta habitĂł por algĂşn tiempo James Joyce en 1906, que no logrĂł enamorarse de la Ciudad Eterna. ¨ Y si el Palazzo Ricci se identificaba con la casa donde Henry James hizo vivir al desgraciado matrimonio Osmond en Retrato de una dama – escribe Praz -, en esta mi nueva morada desde la ventana de un corredor que toma en toda su extensiĂłn la Callejuela de los Soldados, veo al fondo de la graciosa curva de la callecita la Torre de la Mona, con la Madonna en el tabernáculo con forma de almendra, donde Nathaniel Hawthorne hizo habitar a Hilda la Paloma, la falsificadora de cuadros del Fauno de Mármol¨.
La terraza cubre por completo el techo de este edificio napoleĂłnico; y el escritor se demora, en un crescendo de Ă©xtasis sensual, con la mirada de un paisajista experto en las maravillas que logra abarcar: ¨Al subir se tiene una de las tantas bellas vistas de Roma desde lo alto de una terraza. Hay tantas y ya hablĂ© en otra ocasiĂłn. Esta de Palazzo Primoli es vasta, y hacia el norte y el este muestra la curva del Tevere, las casas del Pasaje de Ripetta, las robustas cĂşpulas de la iglesia de la Plaza del Popolo a la entrada de la avenida, Santa Maria de los Milagros y Santa Maria en Montesanto, los campanarios de la iglesia griega de San Atanasio en Calle del Babuino, la cĂşpula de San Carlo en la Avenida, y más allá, la hilera de los jardines, Villa Borghese y el Pincio, el Casino Valadier, Villa Medici, TrinitĂ dei Monti, y el mirador del Quirinale, el reloj de Montecitorio, la cĂşpula de Sant´Antonio de los Portugueses (en la Ă©poca de Montaigne se hablaba de matrimonios entre varones portugueses); y al sur el imponente grupo de cĂşpulas de San Carlo a´ Catinari, de Sant´Andrea della Valle, de Sant´Agnese, la espiral de Sant´ Ivo, la galerĂa del Palazzo Altemps coronada por el macho cabrĂo heráldico. Y la vista hacia el oeste, que encuadra San Pedro y Castel Sant´Angelo, decae en un primer plano con esa ¨joya de iglesia gĂłtica¨, como la llamaba un americano que deploraba que no estuviera incluida en la guĂa, que es la iglesia del Sacro Cuore del Suffragio (en la sacristĂa se conservan telas chamuscadas de las almas del Purgatorio), con la Casa Madre de los Mutilados y con el Palazzo de Justicia que, enorme desde aquĂ arriba, pareciera proclamar: ¨Vean con cuántas piedras estoy construido¨, pero resulta tolerable desde las ventanas de mi departamento solo por evocar, al menos para mĂ, la Avenue de l´OpĂ©ra¨.
Un ´exterior´ cumplido por el gesto de un escenĂłgrafo excepcional, grandioso asĂ como minuciosos de maravilla son tantos ¨interiores¨, en vivo o en la página, armados por ese mago que es Praz. ¨Inteligencia imperfecta – decĂa de sĂ el escritor – Talento más intuitivo que sistemático¨. Personalmente, tiendo a creer que bromeaba: con la misma ligereza plena de ironĂa y juego, por ejemplo, que expresa la araña en forma de globo aerostático de su sala comedor, allĂ, en el encanto de Palazzo Primoli. (de Le dimore di Narciso, por Mario Lunetta, Colezione Centominuti, RAI, ERI, 1997, Roma)
TraducciĂłn del italiano: Amalia Sato