Mil grullas: la ceremonia del tĂ© y sus tazones fantasma

Por Amalia Sato 

Mil grullas Kawabata

Figura emblemática, miembro de la Escuela de las Nuevas Sensibilidades (Shinkankaku School), guionista de un clásico del cine experimental de 1926 (“Una página de locura” dirigida por Kinugasa Teinosuke), Kawabata Yasunari desde muy joven se instala activamente en el medio artĂ­stico. Su vida se habĂ­a iniciado con una presencia de muerte que sĂłlo “el inĂştil esfuerzo”, sobre el que permanentemente vuelve, podĂ­a mitigar en parte: inĂştil esfuerzo por acceder a la belleza, a los conocimientos de un Occidente trasvasado, inĂştil esfuerzo de la escritura. Perseguido por las pĂ©rdidas, la de su padre cuando era una criatura de 18 meses, su madre un año más tarde, su nodriza a los 6, su hermana a los 10  su Ăşltimo familiar, el abuelo, en esa sucesiĂłn leyeron los estudiosos japoneses una “disposiciĂłn de huĂ©rfano”, que sĂłlo encontrĂł refugio en un mundo literario.

En una conferencia que dictĂł en Hawaii en 1969, titulada “La existencia y descubrimiento de la Belleza”, Kawabata cuenta cĂłmo sentado en un lujoso hotel, tiene una mañana la visiĂłn de mesas dispuestas en una terraza, con cientos de vasos colocados boca abajo brillando como diamantes bajo el sol tropical. Algo que nunca habĂ­a visto y que lo deleita. Sentencia entonces que la literatura no hace sino registrar tales encuentros con la belleza.  

 Para Kawabata, los mejor calificados para descubrir la pura belleza son los niños pequeños, las mujeres jĂłvenes y los hombres moribundos. AsĂ­, las mejores sorpresas de estilo las deparan los textos escolares; asĂ­, toda su obra refleja su fascinaciĂłn con un tipo de inmaculada mujer idealizada. Y por eso su ensayo clave se titula “Los ojos de un hombre moribundo”. 

La trama de Mil grullas (Senbazuru) gira alrededor de uno de los ritos consagrados de la cultura japonesa, la ceremonia del tĂ©, encuentro  que desde el siglo XIII pacificaba a los guerreros. Para imaginar las escenas con los objetos apropiados se justificarĂ­a la consulta a una enciclopedia de arte: la grullas de la pañoleta auspicioso sĂ­mbolo de longevidad; los tazones ceremoniales de cerámicas renombradas: el Oribe oscuro con toques de blanco y diseño de helechos de la primera ceremonia; la jarra Shino de esmalte blanco y tenue rojo para la ofrenda floral fĂşnebre; el par de Raku, negro y rojo – tazones hombre/esposa; el terrible Shino cilĂ­ndrico con la huella imborrable de un lápiz de labios – que será lanzado en una suerte de exorcismo pero cuyos pedazos habrá que enterrar con respeto; el Karatsu verduzco con toques de azafrán y carmesĂ­, de asimĂ©trica factura coreana que conformará con el anterior otra bella pareja de objetos fantasma. Las acuarelas de Sotatsu y la  caligrafĂ­as del poeta Muneyuki que decoran el altar estĂ©tico. Es el refinado mundo de la ciudad de  Kamakura, son los entornos del templo zen Engakuji.

El recuerdo de una muchacha hermosa reaparecerá a lo largo del relato en la imagen de las mil grullas de su pañoleta, en contraste con la presencia de la madre y la hija que serán amantes del protagonista. Desde el principio ya se dibuja un triángulo de mujeres que el protagonista ve de espaldas y al ingresar al recinto ceremonial. Se sucederán sin fin: la madre del joven Kikuji, desdibujada; Chikako la mujer de la mancha en el pecho, amante del padre de Kikuji,  manipuladora que se apropia de la ceremonia y de los objetos que han pasado de mano en mano; la señora Ota, frágil carnalidad que enlaza dos generaciones de hombres; Fumiko, evanescente y en quien se continĂşa el kharma amoroso de la madre, y Yukiko, la joven de quien sĂłlo se dice que es bella pues su gusto exquisito – la elecciĂłn del diseño de su pañoleta y un bordado de lirios en su cinto – la califican sin necesidad de ninguna descripciĂłn. Todas serán vĂ©rtices de sucesivas combinaciones.    

En la nociĂłn de estructura novelĂ­stica que Kawabata trabajaba, los incidentes eran más importantes que las conclusiones, y por eso lo más rico de la novela son los diálogos. Muchos compararon sus desarrollos con los de las lentas obras de teatro noh: pues su placer eran los tiempos morosos que los plazos de entrega a las revistas le permitĂ­an; como en los versos encadenados, era la serie lo que le interesaba. Sus finales suelen ser vertiginosos, como lo es el de Ă©sta, donde Fumiko desaparece y Kikuji sospecha que se ha suicidado igual que su madre, la señora Ota. 

La práctica novelĂ­stica de Kawabata no coincide con sus teorizaciones sobre la estructura en tres pasos. Sus novelas podrĂ­an terminar en cualquier punto y se dirĂ­a que nunca hay un final. Se percibe un crecimiento sin un plan preconcebido, influido por la tĂ©cnica del fluir de la conciencia que admiraba en la narrativa de Joyce y Proust, y la tradiciĂłn japonesa de una continuidad por adiciĂłn como en el Genji o El Libro de la almohada. No hacĂ­a caso del concepto de argumento, una supersticiĂłn heredada de la aplicaciĂłn de conceptos dramáticos, que no aplicaba a sus novelas que se iban conformando, como las redacciones infantiles con oraciones impredecibles, libres, iluminadas. Kawabata, que dejĂł muchĂ­simos escritos inconclusos, tambiĂ©n solĂ­a practicar otro curioso ejercicio: reducĂ­a los textos extensos a lo que llamaba “relatos del tamaño de la palma de una mano”, operaciĂłn en la que lo consideraban maestro.  

Al recibir en 1968 el Premio Nobel, al que mucho colaboraron las esplĂ©ndidas traducciones al inglĂ©s de Edward Seidensticker, Kawabata invocĂł el bello JapĂłn, el JapĂłn estĂ©tico que desde el siglo XIX intriga a Occidente. Un JapĂłn tradicional, “ya ido”, que Ă©l encontraba en espacios naturales alejados de lo urbano o en los lugares donde se cumplĂ­an los viejos ritos: “el otro mundo” ajeno a la cotidianeidad, donde hay una regresiĂłn a lo maternal al dejarse dominar el hombre por el sentimiento de amae (tomar provecho de la benignidad de otro, mostrarse como un niño consentido). AquĂ­, la casita del jardĂ­n, donde se practica la ceremonia del tĂ©, espacio preservado donde los tazones se cargan de una emotividad que desafĂ­a al tiempo y en el cual el rito convoca a un eros que se vierte en cada gesto, contaminando a sucesivas generaciones de amantes. Pero la experiencia espiritual y estĂ©tica se convierte, en manos de Chikako, en un ejercicio de la perversiĂłn, en un momento de gran tensiĂłn, en una exhibiciĂłn de poder – como en el siglo XVII lo hacĂ­a Toyotomi Hideyoshi el jefe militar al desplegar los objetos ceremoniales de sus predecesores.      

Como esas “islas en un mar distante” que le atraían, trabaja Kawabata su estilo elusivo tan influido por su clásico favorito, el Romance de Genji. Para percibirlo en bruma hay que sostener la ilusión de una lengua donde hay un modo para los hombres y otro para las mujeres, con una entonación, desinencias verbales y vocabularios diversos, donde los adjetivos declinan con indicaciones temporales, donde hay infinidad de recursos para expresar la duda, la suposición, lo incompleto. El primer episodio de Mil Grullas se publicó en 1949, en 1951 la da por terminada. En un haiku del mes de enero de 1953, prometía:

En el cielo de Año Nuevo

Mil grullas vuelan

O asĂ­ me parece.

Pero la breve historia que inicia entonces, con el mismo protagonista, queda inconclusa. 


(Prólogo a Mil grullas, editorial Emecé)

Dos historias fantásticas: La Llorona y Yotsuya Kaidan

Por Guillermo Quartucci, publicado en revista la Tokonoma 7

En todas las sociedades y culturas tradicionales existen historias de aparecidos, en su mayor parte expresadas a través de leyendas que se han transmitido oralmente de generación en generación. México y Japón, en el período histórico inmediatamente anterior a la modernización, es decir, en México en el período virreinal (1521-1823) y en Japón en la época Edo (1603-1868), son particularmente ricos en este tipo de historias.
En el JapĂłn de los Tokugawa eran muy populares los encuentros denominados hyaku monogatari, en los que la gente se reunĂ­a para intercambiar historias de miedo, especialmente en las tĂłrridas noches de verano. Cada uno de los participantes (que no tenĂ­an que ser cien, cien en este caso significa muchos) se sentaba frente a una vela encendida, que debĂ­a ser apagada en el momento en que terminaba de narrar su historia. Con la Ăşltima historia contada y la Ăşltima vela apagada, la oscuridad de la noche se adueñaba del espacio y volvĂ­a al ambiente propicio para experimentar esa particular sensaciĂłn del “placer del miedo”, como la denominaba Lafcadio Hearn.
En el período Edo, en Japón se produjo un boom literario de publicaciones dedicadas a este tipo de literatura, con antologías que recogían historias fantásticas autóctonas, historias importadas de China e historias importadas de China adaptadas a la idiosincrasia japonesa. También el teatro kabuki, el bunraku y las recitaciones de kaidan y kôdan eran pródigos en este tipo de narraciones, especialmente en la última etapa del período, cuando la descomposición del sistema (es decir, durante el bakumatsu) provocó una mayor demanda de temas bizarros y fantásticos. Asimismo, contribuían a este fenómeno las condiciones de vida de la época y el valor de sugerencia de unas ciudades, donde todavía era muy difícil desterrar las sombras de la noche y su consecuente carga de temor y fantasía.
En México, durante el Virreinato, si bien las historias fantásticas no tienen el alcance editorial de las japonesas, hay numerosos testimonios de un gran corpus de leyendas de aparecidos que la gente gustaba relatar en ciertas ocasiones sociales, cuando el grupo se reunía para celebrar algún acontecimiento y la oscuridad de la noche hacía propicio el momento para adentrarse en compañía en el atractivo mundo de lo oculto. Escritores del siglo XIX dejan asentado en sus memorias de la infancia, las veladas que solían pasar junto a otros niños, donde nunca faltaba una abuelita o una nana que se dedicara a entretenerlos con historias de terror.

El romanticismo del siglo XIX

Si bien las historias de fantasmas, con el propósito manifiesto de provocar la sensación del miedo, tanto en México como en Japón, nacen en los siglos anteriores, es a partir de la modernización cuando cobran un nuevo significado. La modernización de Japón comienza a partir de la Restauración Meiji, en 1868, y la de México con la Restauración de la República, en 1867, y a ambas fechas siguen cuarenta años de relativa paz y prosperidad que permiten a los círculos de escritores comenzar a plantearse de una manera novedosa las cuestiones del quehacer literario.
En los primeros años hay una euforia racionalista y positivista que lleva a los escritores de ambos paĂ­ses a rechazar Edo y el Virreinato, como Ă©pocas de oscurantismo y supersticiĂłn que impiden el avance de la ciencia y las fuerzas sociales progresistas. En JapĂłn, con el lema de “civilizaciĂłn e ilustraciĂłn” (bunmei kaika) y en MĂ©xico con el de “orden y progreso”, ambos lanzados desde arriba, se logrĂł movilizar durante dos dĂ©cadas a los grupos sociales más progresistas, incluido el de los intelectuales. Sin embargo, hacia la Ăşltima dĂ©cada del siglo XIX, surgieron pensadores, literatos y artistas que, velada o abiertamente, criticaron la vacuidad del presente y se refugiaron en el pasado como una forma romántica de escapar a lo que ya se vislumbraba como fracaso del positivismo. Se inicia asĂ­ lo que podrĂ­a considerarse un desarrollo tardĂ­o, si se compara con Europa, de la corriente romántica.
En el retorno nostálgico a Edo y el Virreinato, y sobre todo en el rescate de las viejas historias de terror y espanto que parecĂ­an haberse disipado con la llegada de la electricidad y los tranvĂ­as, algunos finos intelectos de la Ă©lite de JapĂłn y MĂ©xico lograron la hazaña de impedir que se perdiera la riquĂ­sima tradiciĂłn fantástica, sobre todo de sus vetustas capitales. Las callejuelas de Edo, pobladas de seres extraños que medraban amparados en las sombras, y los rincones apartados de la “muy noble y benemĂ©rita ciudad de MĂ©xico”, la capital colonial de la Nueva España, volvieron a ser escenario de historias prodigiosas como las que habĂ­an provocado el encanto y el terror de los antepasados, esta vez al filo del siglo XX. Son precisamente dos de estas historias, inmensamente populares en JapĂłn y en MĂ©xico, incluso en nuestros dĂ­as, el objeto de análisis de este trabajo: La Llorona y Yotsuya Kaidan.

La Llorona

De esta historia, como de todos los relatos populares que se han transmitido oralmente de generación en generación, existen varias versiones. Sin embargo, dos son las que han prevalecido. En la más antigua se decía que la Llorona era el espíritu errante de la Malinche, la amante indígena e intérprete del conquistador Hernán Cortés, quien había sido un factor determinante, junto con su pueblo, los tlaxcaltecas, en la derrota por los españoles del Imperio azteca encabezado por Moctezuma, en la tercera década del siglo XVI. Consumada la conquista y muerta ya Malinche, se aparecía en las noches su espíritu errante en las calles de la flamante capital de la Nueva España, llorando y lamentándose, arrepentida de haber contribuido a la derrota del pueblo hermano de los aztecas. Su llanto se escuchaba en todas las casas de la traza española, infundiendo el terror de cuantos lo oían, y muy pronto comenzó a correr la versión de que quien la veía enfermaría gravemente, perdería la razón o simplemente moriría. La aparición se producía en las noches de luna, cuya claridad hacía resaltar la figura de la llorosa mujer, envuelta en una delgada túnica blanca y con el cabello negro y revuelto, lo que acentuaba su carácter espectral. El fantasma, después de recorrer las calles desiertas de la ciudad aterrada, se perdía en las aguas del todavía existente lago de Texcoco. Esta versión tiene su principal exponente en José María Marroquí, cuya Llorona data de 1876.
La otra versión de la Llorona, que es la que ha llegado a nuestros días, es más útil para compararla con Oiwa, la desdichada heroína de Yotsuya Kaidan. En esta versión, la Llorona es Luisa, una guapa mujer mestiza que tiene dos hijos fruto de sus amores con un hidalgo español afincado en México. La dicha parece presidir la vida de la pareja, hasta que un día el hombre le confiesa a su amante que va a casarse con una española que acaba de llegar expresamente a México y que, además, quiere a sus hijos. La mujer, desesperada, trata de retener al hombre de todas las maneras, pero ante el fracaso, ahoga a los niños en el lago de Texcoco, e inmediatamente se suicida. Pasado el tiempo, su espectro errante se desplaza llorando a gritos por las calles de la ciudad, reclamando a sus hijos, sembrando así el terror entre sus habitantes.
Como en la otra versión, su vista puede provocar la enfermedad o la muerte, e igualmente, el fantasma se pierde en las aguas del lago. La versión en verso de Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza, de 1884, opta por esta interpretación de la historia, aunque es la de José María Roa Bárcena, de 1857, la que mejor la cuenta, enmarcándola en comentarios acerca de las creencias del pueblo.

Yotsuya Kaidan

De esta historia también existen variantes, pero básicamente se reducen a dos: la pieza teatral de kabuki de Tsuruya Nanboku IV, Tôkaidô Yotsuya Kaidan, representada por primera vez en 1825, y una narración presuntamente real de los hechos que apareció en 1829, aprovechando el éxito de la pieza de Nanboku, y que describe los hechos reales que dieron lugar a la erección del santuario shintoista de Oiwa Inari, en Yotsuya.
La versiĂłn de Nanboku nos habla de Oiwa, una bella y filial muchacha, hija de un carpintero, que decide casrse con un rĂ´nin, Iemon, quien es adoptado por la familia ante la ausencia de herederos masculinos.
Iemon, un hombre ambicioso, no está satisfecho con el matrimonio, menos cuando nace el primer hijo, que lo molesta con su llanto. Además, Oiwa sufre las consecuencias del parto y debe permanecer todo el tiempo en cama. La nieta de un acaudalado vecino pone sus ojos en Iemon, pero para unirse a él trama, junto con su abuelo y el samurai, la forma de quitarse del medio a Oiwa. Con la excusa de que va a recuperar su salud, hacen beber a Oiwa un poderoso veneno, que a las pocas horas desfigura horriblemente una parte de su cara y le hace caer la mitad del cabello. Transformada en monstruo, se suicida. Cuando Iemon la encuentra, la clava en una tabla, junto con un criado fiel que descubre el engaño y es asesinado por Iemon, y arroja a ambos al río. La noche en que intenta consumar su amor con la nueva esposa, ésta se transforma en Oiwa y Iemon le corta la cabeza con la espada, para descubrir, aterrorizado, que no es Oiwa. El abuelo de la muchacha oye los gritos y cuando se aparece en la puerta del cuarto donde se ha cometido el crimen, Iemon ve en él al criado asesinado días atrás, y también lo mata con la espada. Al darse cuenta de lo que ha hecho, huye de Edo, pero al pernoctar a la orilla del río, de pronto surgen de las aguas los fantasmas enfurecidos de Oiwa y el criado, que dan cuenta de él. James de Benneville publica en 1921 una versión en inglés de esta historia que sigue en parte a Nanboku, pero que incorpora elementos aportados por la versión en kôdan de finales de Edo, también muy famosa.
La historia del santuario shintoista de Oiwa Inari, de 1827, retomada por Tanaka Kôtarô, en la década de los veinte de este siglo, cuenta que Oiwa, hija de un samurari de bajo rango, funcionario policial, enferma de niña de viruelas, como resultado de lo cual su rostro queda desfigurado y pierde un ojo. Cuando llega el momento de casarla, conociendo las dificultades que la fealdad de su hija entraña, arregla mediante un nakôdo unirla a una samurai desempleado, joven y simpático, Iemon, que anda buscando rehacer su suerte y se convierte así en el heredero de la familia de Oiwa. Un samurai amigo de Iemon, cuando se entera de que una de sus dos amantes está embarazada, pide a Iemon que se case con ella, para lo cual debe repudiar a Oiwa. Cuando ésta sabe la verdad, enfurecida, desaparece, y vuelve a aparecer, como fantasma vengativo años después, cuando ya la familia de Iemon ha aumentado en varios hijos, para ir acabando uno a uno con ellos, incluidos Iemon y su esposa, hasta borrarlos de la faz de la tierra. La superstición popular convirtió a Oiwa en un fantasma que, como la LLorona en México, aterrorizaba a los vecinos de Yotsuya, en Edo, al punto de matarlos del susto. Para apaciguar el espíritu errante de Oiwa, se levantó el santuario de Oiwa Inari, y con la veneración de su memoria, el fantasma dejó de aparecer.

Los fantasmas enfurecidos de la Llorona y Oiwa

En las dos historias que se acaban de narrar hay varios elementos comunes que hacen interesante intentar una comparación de dos culturas tan alejadas en el espacio, como son las del México virreinal y el Edo de los shogunes, no obstante, paralelas en el tiempo.
En primer lugar, el aspecto de estas dos mujeres despechadas, cuya furia y muerte antinaturales hacen que vuelvan a manifestarse en este mundo, para terror de los vivos: ambas, según la mayoría de las descripciones, aparecen con una túnica blanca y vaporosa, vestimenta talar de la Llorona, propia de los religiosos de la época, mortaja con que se envolvía a los muertos en Japón, la de Oiwa. Ambas presentan la larga cabellera suelta y desordenada, y su gesto es tan horroroso que nadie que las haya visto puede escapar a la locura o la muerte.
Asimismo, ambas mujeres en su peregrinar emiten gritos aterradores, de llanto en la Llorona, de risa sarcástica en Oiwa, que hielan la sangre de cuantos los escuchan.
También el marco en el que aparecen es muy similar: la antigua traza (centro) de la ciudad española en México y las colinas de Yamanote en Edo. Ambas ciudades, en la época premoderna, estaban casi totalmente en penumbras y la sombra de los palacios de los hidalgos españoles y de las iglesias y conventos, en México, y de las residencias (yashiki) de los samurai y los templos budistas y santuarios shintoistas, en Edo, se transformaban en formas ominosas para la imaginación popular. También ambas ciudades estaban atravesadas de canales y acequias que las hacían más sugestivas.
La hora es la medianoche: cuando las campanas de la Catedral dan las doce, en México; cuando llega la hora del buey (ushimitsudoki, la una de la mañana en el actual horario) en Edo, momento en que aparecen los fantasmas. Lo avanzado de la noche, además de propicio para el recogimiento, favorece la aparición de criaturas extrañas. Todavía las ciudades no cuentan con un sistema de alumbrado público, con lo que la noche continúa siendo el marco perfecto para el horror y el misterio.
En cuanto a las razones por las cuales estas dos mujeres no pueden encontrar la paz después de muertas, tanto en La Llorona, como en Yotsuya Kaidan, hay elementos comunes de naturaleza social y de creencias religiosas que hacen interesante la comparación.
Ambas historias ocurren en las zonas donde habita la clase social que ostenta el poder: los españoles en México, los samurai en Edo. Siempre ha habido en la imaginación popular una marcada preferencia por situar las historias más atractivas donde los ricos y poderosos viven, en una muestra clara de la fetichización del dinero y el poder. Desde el punto de vista de la tensión narrativa, el marco que prestan las áreas donde vive la gente importante, con sus edificios majestuosos e imponentes, acrecienta la eficacia del relato. Estas historias permiten al narrador de extracción popular, adentrarse, aunque sea con la imaginación, en espacios de otra manera vedados a su condición social y donde el que detenta el poder es el malvado: véase al hidalgo que seduce a la mestiza Luisa, la infeliz Llorona, o el samurai que engaña a la fea Oiwa, el desdichado espectro de Yotsuya.
Por otra parte, este tipo de narración popular, a falta de otra calidad positiva del sexo femenino que no sea la de madre abnegada y fiel esposa, convierte a la mujer, objeto pasivo de la lujuria y ambición del hombre, cuando se enoja, en una erinia capaz de aterrorizar a toda una comunidad con su sed de venganza, y en su versión extrema, un fantasma furioso que no logra la paz hasta que todos le rindan el homenaje que en su condición de mujer, el ser irracional por excelencia, se le negó en vida. El concepto de onryô, espíritu furioso, en japonés, es muy útil para definir la actitud de estos seres que existen en todas las culturas.
Tanto en la creencia cristiano-catĂłlica, como en la budista-animista populares, las personas que mueren en circunstancias violentas o bajo los efectos de una pasiĂłn muy fuerte, no pueden alcanzar la paz post-mortem hasta que se apague su estado de confusiĂłn. En el rito catĂłlico son las plegarias por las ánimas del Purgatorio – adonde van a parar los que mueren carentes de estado de gracia – las encargadas de restaurar la paz de los espĂ­ritus. En el budismo-animismo, muy mezclado en JapĂłn, el alma de los muertos alcanzará la paz en su mundo de sombras cuando se les construya un monumento funerario, y se rece lo suficiente como para calmar su desdicha. No hay peor cosa que morir mientras se padece el sentimiento de urami. Urami, que significa resentimiento, rencor (grudge, en inglĂ©s), es junto con onryĂ´, un concepto aplicable con mucha utilidad a otras culturas.

Mario Lunetta y el departamento de Mario Praz.

Casas maravillosas de personas excepcionales por Amalia Sato

Mario Lunetta (Roma, 1934) es un crítico literario y de arte, colaborador de programas culturales de la rai y de decenas de diarios y revistas italianas y extranjeras, además de poeta, narrador y ensayista; dueño de una ¨escritura ininterrumpida¨, al decir de Francesco Muzzioli, que atraviesa felizmente todos los géneros. En su libro-galería, Le dimore di Narciso (Las moradas de Narciso, 1997), en quince capítulos-estaciones narra la relación de ciertos individuos excepcionales con sus casas. Aquí presentamos el capítulo dedicado a Mario Praz (1896-1982, Roma), profesor, crítico, historiador del arte, autoridad en literatura inglesa y cultura europea, a quien en 1962 la reina Isabel II nombró Caballero del Imperio Británico, y cuyo Palazzo Ricci así como su persona inspiraron a Visconti en su film “Gruppo di familia in un interno”. Praz fue un erudito que disfrutaba como pocos creando mansiones escenario, donde el horror vacui no daba tregua a la mirada. Romantic Agony (1933)( traducido como La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica) y La casa della vita (La casa de la vida) donde su mansión de la via Giulia y sus objetos son narrados amorosamente, deben figurar entre los libros más bellos del siglo XX. Decía: “Mientras haya cuatro paredes que conserven el aroma de nuestra desvanecida Europa, será dentro de ellas donde desearemos morir”. Una añoranza que cualquiera que guarde profundas memorias de un espacio felizmente habitado comprenderá. En traducción exclusiva para Damiselas, este texto que conjuga a dos brillantes Mario. Mario Praz. El departamento es un estado de ánimo Por Mario Lunetta Si tan solo hubiera sido un estudioso de la literatura y cultura inglesas habría sido, como de hecho lo fue, uno enorme e inimitable. Pero Mario Praz fue algo más: alguien para quien su agudísima especialización no fue jaula sino soberano pretexto para hablar de otra cosa y ver otros espectáculos, mayores o menores, de la historia marmórea o la crónica volage; capturó quimeras y unicornios invisibles a la mayoría, o saboreó manjares de la inteligencia y del gusto inevitablemente antes y mejor que sus contemporáneos.

Quien lo ama como uno de los autores más grandes de nuestro siglo no solo italiano, sabe que su escritura cultísima y al mismo tiempo permeada de gran desprejuicio, modelada sobre una mezcla carnal sólida atravesada por hilos de luz sutiles, tiene la gracia sinuosa de una melodía de clavicémbalo y la brusca energía de quien no soporta nada que sea estupidez, vana presunción, pedantería o falta de estilo. Este entramado de prodigiosa sabiduría y de infalible talento sinestésico lo vuelve, para la Academia italiana de su tiempo, tan profundamente empapada con ¨el simplismo crociano¨ para él insufrible, en alguien sustancialmente ajeno y, hasta en su amadísima ciudad, extranjero.

Praz no es un nostálgico de la historia difunta, un puntilloso laudator temporis acti ciego ante los embrollos del presente. Fija polvo y cenizas, para obtener no una vacua elegía sino una confrontación concisa ¨sobre el trazo de la huella ardiente de los miles de caballeros del Apocalipsis, cuyo fragor parece ser el único aire perceptible en nuestro cielo teñido de sangre¨, como dice en ese libro íntimo y teatral que es La casa de la vida; y los fija, incansablemente, tal vez a través de la mirada tiresíaca de la Tierra baldía de Eliot, que tan admirablemente tradujo: ¨Yo Tiresias, aunque ciego, palpitante entre dos vidas, / Viejo con marchitos pechos de mujer, puedo ver / En la hora violeta, la hora de la noche en que uno se atormenta / Con el regreso, y que lleva a casa al marinero del mar / A la dactilógrafa a la hora del té, levantando la mesa del desayuno, encendiendo / La hornalla, y sacando las latas de comida en conserva (…) Yo Tiresias, viejo con pechos, / He observado la escena, y predicho el resto… ¨ Aquí, en este incansable ver el pasado con los ojos del presente, mezclando el presente con la belleza y el horror del pasado, reside el secreto del Praz más inaprehensible, de su inteligencia con rasgos de extorsión benévola, de su perspicacia de lector crítico y siempre – a la vez e inseparablemente – de su saber de coleccionista. Saber que aúna competencia y amor de connoisseur, intuición de detective y seriedad de método. ¨Conocedor de todas las literaturas del mundo¨ lo definió cierta vez Emilio Cecchi, que fue su amigo con intermitencias en el curso de su relación.

Y Giovanni Macchia afirma con exactitud que de a poco ¨junto al libro, tomaba siempre mayor consistencia en su vida el amor por el objeto, sobre todo por el objeto que le aportara el misterio un poco fúnebre de la existencia cotidiana de una época inexistente, objetos amados no solo por bellos, sino por haber sido salvados milagrosamente del naufragio. La figura del estudioso cedía mayor relieve a aquella del coleccionista, el cual se apartaba con infinita distancia en esta su pasión, que era una sola cosa con su doctrina, de casi todos los colegas que, fuera de sus bien cultivados huertos, no comprendían nada de cuadros, muebles, cristales, porcelanas, estatuas de cera y todas las formas de un estilo que él adoraba: el estilo Imperio¨. Decía Robert de Montesquieu que el departamento es un estado de ánimo, y en ese libro cargado de voluptuosidad espiritual y de éxtasis visuales y táctiles que es La filosofía de la decoración, Praz le hacía eco al afirmar que la casa es una proyección del Yo.

El estilo Imperio, que en los años de juventud de nuestro escritor se consideraba algo inferior despreciado por anticuarios y coleccionistas, fue para él una iluminación fulminante, un verdadero coup de foudre. Además del homenaje mayor que le tributa en una obra magistral como Gusto neoclásico (1939), en la que declara: ¨Es un período que aprecio tanto que no lo puedo juzgar: mientras que la mayoría lo juzga con ligereza, sin siquiera animarse a experimentarlo¨; son testimonio de la impertérrita persistencia de esta llama todos sus libros, desde La casa de la vida ante todo, a Jardín de los sentidos, del Pacto con la serpiente a Voz tras la escena, que es una incomparable ¨antología personal¨, y Los rostros del tiempo así como los capítulos y ensayos, editoriales e incontables artículos, en los que al final, al igual que Mallarmé que estaba convencido de que el mundo existía para convertirse en libro, para Praz todos los estilos existen solo para ¨precipitarse¨ en el gusto neoclásico y el estilo Imperio. Dotado de un humour que sería banal definir como británico, y de un amor por la paradoja que no se preocupaba por provocar el aplauso, este hombre que no era para nada un personaje ornamental, este gran intelectual-artista para nada llamativo, ocultaba en lo profundo un soberbio sentido de la propia dignidad de citoyen, y se permitía decir, desdeñosamente, que nuestra época ¨calificaría de increíble o heroica a una persona que solo cumple con su deber¨ (La casa de la vida). Su vanidad, si es que la tenía, el coleccionista Praz la desarrollaba por completo en la belleza y rareza de los objetos que amaba, y entre los cuales le complacía vivir. ¨Apasionado como soy por la decoración, tengo poca simpatía por las decoraciones oficiales, espectaculares, en las que las proporciones de los objetos se esfuerzan con ingenua elefantiasis por dar sentido a la importancia de los propietarios de los casas¨. Su leyenda se construye sobre el Buen Gusto y la inteligencia policéntrica con que, como formidable erudito y estilista finísimo, ha renovado en nuestro siglo XX la figura del ensayista a la Lamb o a la De Quincey, sin olvidar el ejercicio sin tregua de la mirada y la cabeza ante el caleidoscopio de todos los escenarios del mundo, en consonancia con el amadísimo Montaigne. Y no creo que sea temerario, ardor ideológico aparte, ver en el autor de La muerte, la carne y el diablo en la literatura romántica, en el coleccionista de estatuas de cera, en el ¨anticuario¨ sui generis, en el recolector maníaco de camafeos, siluetas y casas de muñeca, daguerrotipos y autómatas, a uno que por tantas composiciones se aproxima al Walter Benjamin enamorado de las pequeñas excentricidades del bric-a-brac, de las muñecas de materiales pobres, las antiguallas encontradas en los mercados de pulgas, y sobre todo – tal como nuestro escritor – de las citas: al grado de imaginar un libro compuesto exclusivamente con citas. Espléndido sueño visionario. Escrúpulo paradójico y, en el fondo, catastrófico. Anulación del autor. La insostenible constipación del mundo exorcizada homeopáticamente con sus propias materias desmesuradas, desparramadas sobre la página sin solución de continuidad. Para Praz el mundo era, al final, una secuencia de infiernos. Y la casa puede volverse, como dice, un ¨paraíso artificial¨. ¨La vida de un hombre ¿qué es, confrontada con la de sus mudos compañeros: sus muebles, todos los objetos que fiel y silenciosamente lo acompañan a él y a su familia, por generaciones? El hombre pasa y el mueble queda: queda para recordar, testimoniar, evocar al que ya no existe, develar tal vez algunos secretos celosamente guardados que su rostro, su mirada, su voz escondían tenazmente¨. Esto se lee en Souvenirs de Savinio.

Y Praz coincide, cuando en La casa de la vida declara: ¨mi intención como coleccionista ha sido, como consignaron bajo una foto de Joyce, ´escribir el misterio de uno con el mobiliario´¨. La del gran ensayista es, más que una ¨filosofía¨, una épica de la decoración dividida en dos etapas: la del Palazzo Ricci en la calle Giulia (1934-1969) y la del Palazzo Primoli, en el cual vivió hasta 1982, año de su muerte. En estos lugares a su modo mágicos, en estos domésticos ¨paraísos artificiales¨, con el contacto cotidiano cargado de gula y en las páginas de sus libros, el erudito singularísimo que es Mario Praz ha dado vida a sus muebles y objetos llenos de misterio alquímico: operación que no podía realizar si no él: ¨un erudito – como dice Arbasino – que es también escritor: archivista-catalogador entregado no a las modas sino al Gusto, no a la pedantería y la pesadez y la moralina superficial del literato italiano ´convencional´, sino al fascinante capricho, a la excentricidad encantadora …¨ (1967).

Unos años antes, con gran precisión, Edmund Wilson comentaba: ¨Clasificar a M.P como crítico literario y especialista en cultura inglesa es un gran malentendido sobre su papel. Se lo debería considerar ante todo como artista, y ni siquiera como artista literario, pues los resultados de su actividad como coleccionista de muebles, cuadros y objets d´ art son parte de una obra tan valiosa como sus libros. Es un artista y una personalidad única que se expresa a través de su propio arte conectándose con cualquiera sea el asunto que trate…¨. Y es así que en la obra del escritor, sus casas-museo resplandecen de protagonismo efervescente e inquietante como los más extraordinarios de sus libros. Invitan a decir, parafraseando a la inversa el aforismo de Wilde, cómo Praz ha puesto el propio genio en las obras y el talento en la decoración. El estudioso considera con la misma pasión competente un soneto de Shakespeare y un cuadro de Marguerite Gérard, un poema de Keats y una espléndida biblioteca Regency en madera de rosa, una consola o un reloj con una miniatura de Byron y un pasaje de Addison, un mueble para libros proveniente de Capponcina, una cera policroma del siglo dieciocho, un retrato de Ugo Foscolo de Fabre y un fragmento de Tennyson, un trofeo de armas, un protector de brasas de chimenea decorado, un tintero Restauración, un perfil de Murat en plata, una acuarela, una escultura, un pianoforte Érard, una terracota, un escritorio, un portamaceta, una vitrina napolitana con porcelanas y una cita de Ruskin: evocando de cada uno de los incontables ¨fragmentos¨ que animan sus moradas y que les dan esa encantadora ambigüedad ¨protegida¨, como de teatros fuera del tiempo, historias, giros, yuxtaposiciones peregrinas, iluminando génesis y pases de mano, concediéndoles una dignidad histórico-estética, antropológica y de hábito, que solo una pluma de límpida energía como la suya podía lograr.

La fascinación de las casas de Praz remite constantemente a sus libros, y viceversa: en un juego de espejos ininterrumpido, con un efecto de trompe l´oeil dramático-narrativo, erótico-funerario, sarcástico-paradójico. Un efecto de prestidigitador: del maestro de trucos consumado que, en el fondo de todas sus estupendas extravagancias, conserva siempre en lo profundo el sentido de la muerte dentro de la vida, y de la verdad posible dentro de la muerte. Hoy, al fin, la casa de Praz en Palazzo Primoli en Roma se ha convertido en museo bajo la tutela de la Superintendencia de la Galería Nacional de Arte Moderno. Todos pueden disfrutarla, seguramente mejor después de haber leído con amorosa dedicación esa guía mediúmnica que es La casa de la vida, recientemente republicada por Adelphi. Obtendrán una experiencia inolvidable, una cantidad de estímulos, un placer del texto y del contexto de especie superior. A dos pasos, recuerda Praz, se hospedó Montaigne cuando fue a Roma, hacia fines de 1580: exactamente en el Albergue del Oso. Y en los alrededores de la iglesia de Santa Lucía della Tinta habitó por algún tiempo James Joyce en 1906, que no logró enamorarse de la Ciudad Eterna. ¨ Y si el Palazzo Ricci se identificaba con la casa donde Henry James hizo vivir al desgraciado matrimonio Osmond en Retrato de una dama – escribe Praz -, en esta mi nueva morada desde la ventana de un corredor que toma en toda su extensión la Callejuela de los Soldados, veo al fondo de la graciosa curva de la callecita la Torre de la Mona, con la Madonna en el tabernáculo con forma de almendra, donde Nathaniel Hawthorne hizo habitar a Hilda la Paloma, la falsificadora de cuadros del Fauno de Mármol¨.

La terraza cubre por completo el techo de este edificio napoleónico; y el escritor se demora, en un crescendo de éxtasis sensual, con la mirada de un paisajista experto en las maravillas que logra abarcar: ¨Al subir se tiene una de las tantas bellas vistas de Roma desde lo alto de una terraza. Hay tantas y ya hablé en otra ocasión. Esta de Palazzo Primoli es vasta, y hacia el norte y el este muestra la curva del Tevere, las casas del Pasaje de Ripetta, las robustas cúpulas de la iglesia de la Plaza del Popolo a la entrada de la avenida, Santa Maria de los Milagros y Santa Maria en Montesanto, los campanarios de la iglesia griega de San Atanasio en Calle del Babuino, la cúpula de San Carlo en la Avenida, y más allá, la hilera de los jardines, Villa Borghese y el Pincio, el Casino Valadier, Villa Medici, Trinità dei Monti, y el mirador del Quirinale, el reloj de Montecitorio, la cúpula de Sant´Antonio de los Portugueses (en la época de Montaigne se hablaba de matrimonios entre varones portugueses); y al sur el imponente grupo de cúpulas de San Carlo a´ Catinari, de Sant´Andrea della Valle, de Sant´Agnese, la espiral de Sant´ Ivo, la galería del Palazzo Altemps coronada por el macho cabrío heráldico. Y la vista hacia el oeste, que encuadra San Pedro y Castel Sant´Angelo, decae en un primer plano con esa ¨joya de iglesia gótica¨, como la llamaba un americano que deploraba que no estuviera incluida en la guía, que es la iglesia del Sacro Cuore del Suffragio (en la sacristía se conservan telas chamuscadas de las almas del Purgatorio), con la Casa Madre de los Mutilados y con el Palazzo de Justicia que, enorme desde aquí arriba, pareciera proclamar: ¨Vean con cuántas piedras estoy construido¨, pero resulta tolerable desde las ventanas de mi departamento solo por evocar, al menos para mí, la Avenue de l´Opéra¨.

Un ´exterior´ cumplido por el gesto de un escenógrafo excepcional, grandioso así como minuciosos de maravilla son tantos ¨interiores¨, en vivo o en la página, armados por ese mago que es Praz. ¨Inteligencia imperfecta – decía de sí el escritor – Talento más intuitivo que sistemático¨. Personalmente, tiendo a creer que bromeaba: con la misma ligereza plena de ironía y juego, por ejemplo, que expresa la araña en forma de globo aerostático de su sala comedor, allí, en el encanto de Palazzo Primoli. (de Le dimore di Narciso, por Mario Lunetta, Colezione Centominuti, RAI, ERI, 1997, Roma)

TraducciĂłn del italiano: Amalia Sato

Fosco Maraini. Casas, amores, universos.

Fosco Maraini (1912-2004) Etnólogo, orientalista, alpinista, fotógrafo, escritor y poeta. Florentino y ciudadano del mundo. Niño rebelde y vivaz, interesado en los libros sobre Oriente que atesora la madre inglesa, testigo de las conversaciones de su padre escultor con sus amigos, los refinados ingleses italianizados de Toscana, “aburridas visitas” a los ojos del pequeño, como D.H.Lawrence, Bernard Berenson o Aldous Huxley. El conocimiento de Giuseppe Tucci con quien comparte una expedición al Tibet será uno de los estímulos para periplos sin fin que lo llevarán también a Japón antes de la guerra. Allí pasará años con la bella esposa Topazia , pintora siciliana y sus tres hijas Dacia, Yuki y Toni, será lector de italiano en las universidades, investigará la cultura ainu, tendrá residencias en Sapporo y Kioto. Al estallar la guerra, por negarse al igual que su mujer a jurar lealtad a la República de Salò, lo internan con toda su familia en un campo de concentración en Nagoya. Como protesta ante las inhumanas condiciones de vida en el lugar, se corta el dedo meñique de la mano izquierda ante los comandantes, gesto que le vale contar con un huerto y una cabra. Así de arriesgada fue siempre su vida. En esta novela autobiográfica, Casas, amores, universos, él es Clé y Topazia Malachite; los modos de esa primera mitad del siglo XX, los tiempos gentiles de un mundo académico donde es un privilegiado, el inquieto panorama intelectual de un Japón objeto de estudio y de placer por parte de los estudiosos extranjeros allí establecidos , narrados demoradamente por este “maestro italiano de nuestro tiempo”, en la valoración del Premio Nomina que le concedieron en su país. En otro de sus libros, Giappone Mandala, (Japan: Patterns of Continuity, en la traducción al inglés) buscaba la conjunción de fotos con ideogramas, creando su personal Imperio de los signos. La cubierta de Mondadori para Case, amori, universi, del cual presentamos un fragmento, muestra una foto de su autoría: un equilibrista subido a una escalera desafiando el vacío. La lutta col nulla. “Liberado de la gravosa esclavitud de la crónica al microscopio”, el testimonio de quien vivió,como gustaba decir, construyendo puentes entre su “endocosmos” y el “exocosmos”.

Los años del Sol Naciente: Kioto Las cosas del Japón, tan diferentes de estas de nuestra Europa y de las de casi todo el mundo… A. Valignano, El Ceremonial para los Misioneros en Japón (1565, ca) … este infernal país que es Japón, donde todo es Lenguaje, todo signo, del mito a la sopa, de la ideología a la vida! A. Abrasino, “Corriere della Sera”, 2 abril 1975. Qué maravillosa experiencia es para un egiptólogo, entrar en contacto directo, en Japón, con una civilización viva que puede compararse, desde cierto punto de vista, con aquella de la que admiramos y estudiamos las obras de otros tiempos. En el Egipto faraónico, así como en el Japón de ayer y casi todavía en el actual, una nación se integra al cosmos culminando en un Emperador, él mismo en relación con los dioses. J. Leclant, Reflexiones de un egiptólogo en un Santuario Shinto. Nuestro Japón es tierra de dioses, tierra de fe. Por eso plantas, pájaros, animales, insectos, piedras se multiplican y son más bellos que los de otros países… Hiraga Gennai. 1. En el barrio Pozo del Pájaro que vuela En 1941 regresar a Italia se había vuelto imposible: todas las comunicaciones internacionales estaba bloqueadas por al guerra. Mientras tanto la beca de estudio del gobierno japonés llegaba a su fin y no estaba prevista ninguna renovación. Clé y su familia se habrían encontrado en serias dificultades, si la universidad de Kioto no hubiera ampliado su programa de enseñanza de italiano disponiendo el agregado de un lector nativo. El puesto se lo ofrecieron a Clé, quien lo aceptó como única solución a sus problemas y a los de su familia.

La partida de Sapporo fue a fines de abril. En la estaciĂłn se habĂ­a reunido una pequeña multitud de amigos y conocidos para saludar a Malachite, Dafne, la pequeña Yuri y ClĂ©. Estaban presentes claro los adorables Lane, Matilde cuyo nombre pronunciaban Machirudo, el profesor Hecker con su hijo adoptivo Yoshiro y su novia Hiroko, Hiro Miyazawa, el jovencito Takeda, asĂ­ como algunos compañeros de alpinismo y de esquĂ­, del Club Alpino AcadĂ©mico de Hokkaido y del Club de EsquĂ­ de Sapporo. El profesor Kodama habĂ­a enviado a su asistente en representaciĂłn del Instituto de AnatomĂ­a de la universidad de Hokkaido, del cual formalmente ClĂ© era miembro. Ninguno de los Ainu habĂ­a venido desde sus lejanas aldeas (demasiada distancia y poco dinero), pero unas doce cajas que contenĂ­an casi quinientos objetos ainu, recogidos por ClĂ© durante sus años ainu en Hokkaido, ya habĂ­an sido enviadas a Kioto. (Una afortunadĂ­sima serie de circunstancias permitiĂł a ClĂ© salvar la colecciĂłn, de gran valor etnográfico, de los peligros de la guerra, y de los propios de un viaje larguĂ­simo, logrando acercarla a Florencia, donde más tarde, en 1954, encontrĂł su lugar en el Mueso de AntropologĂ­a y EtnologĂ­a de la universidad). El dĂ­a se presentaba sereno, con un pertinaz vientito del norte. Todas las montañas en torno a Sapporo, blancas por la nieve. ClĂ© las observaba con nostalgia: “¡AdiĂłs monte Teine, donde Hiro y yo tuvimos la experiencia de acampar en un iglĂş!”. Y poco despuĂ©s de la partida aparecieron en las ventanillas del tren los volcanes apagados de Niseko, recorridos tantas veces despreocupadamente a lo largo y a lo ancho. ¡Cuántas hilachas del corazĂłn abandonadas para siempre entre esos montes solitarios y remotos! Malachite y ClĂ© conocĂ­an Kioto, pero solo como turistas, por su visita a la ciudad en otoño de 1939. Ahora habĂ­a que establecerse allĂ­ por tiempo indeterminado, tal vez un largo tiempo, y sobre todo habĂ­a que buscar una casa. Por suerte los medios no disminuĂ­an; el sueldo de un lector extranjero era bastante mejor que el de un profesor japonĂ©s. Y además – Âżpor quĂ© no recordarlo con gratitud?- , el doctor Raimondi habĂ­a conseguido para ClĂ© un suplemento adicional, tramitado ante el ministerio de Asuntos Extranjeros y la Embajada, el cual ayudaba mucho a Malachite y a las niñas en sus necesidades. La conducta del doctor Raimondi en Florencia era por cierto la de un generoso JĂşpiter OlĂ­mpico que sentenciaba: si te ayudas, Dios te ayuda. En todas partes, en el panteĂłn de los laicos habĂ­a un Kami, un dios menor, destinado a las casa, y ClĂ© pensaba a menudo sonriendo: ¡SerĂ© su fiel devoto! Desde su nacimiento el muchacho habĂ­a tenido siempre la fortuna de vivir en lugares casi ideales; la villa de Ricorboli ni quĂ© hablar, o la más nueva en Gelsomino con sus encantos, la torre de Marsili, la Granja de Saraillon en Aosta, la casa de la Calle Once en Sapporo… A todas las habĂ­a adivinado ese Kami bribĂłn y benevolente. ÂżSucederĂ­a ahora de nuevo? Por el momento, ClĂ© – una vez ubicadas Malachite y las niñas en un hotel de Tokio – se habĂ­a instalado en el asĂ­ llamado Club de la universidad de Kioto, un pensionado donde le brindaban las mejores condiciones. Fue allĂ­ donde conociĂł a los Uriu, una joven pareja sin hijos: Ă©l era corresponsal del diario “Asahi”, y ella trabajaba en el Club como jefa de personal. Miki Uriu era bastante alta para ser una japonesa: delgada, graciosa, sonriente, extremadamente emotiva, pasaba de las lágrimas a la risa varias veces en pocos minutos de conversaciĂłn. VestĂ­a siempre kimonos del sobrio gusto shibui. “QuĂ©dese tranquilo, verá que le encontraremos pronto una excelente casa a usted y los suyos” decĂ­a, corriendo de aquĂ­ para allá, para desaparecer en su oficina para hacer llamadas telefĂłnicas. Entretanto ClĂ© se habĂ­a presentado en la Universidad y habĂ­a conocido al profesor Masatoshi Kuroda, titular de la cátedra de italiano en ese tiempo. Era era un hombre de casi cincuenta años, alto, flaquĂ­simo, de cabellos y pupilas de un negro absoluto, con una notable barba bien rasurada, de la cual sobresalĂ­an dos bigotes vagamente hitlerianos bajo la nariz. ClĂ© ya habĂ­a entrenado largamente su mirada en Hokkaido, e individualizaba a menudo a esos purĂ­simos japoneses en los cuales, por algĂşn capricho de los cromosomas o el adn, se manifestaban algunas caracterĂ­sticas de los pueblos septentrionales (Emishi, Ebisu, Ainu y otros) con quienes los japoneses de Yamato habĂ­an hecho por siglos la guerra en las fronteras. Evidentemente la guerra no fue un fenĂłmeno permanente, y hubo perĂ­odos , hasta prolongados, de tregua dedicados al comercio, y tal vez a las alianzas y los matrimonios mixtos, con trasvasamiento de genes de un grupo a otro. La fuerte, o destacadĂ­sima, pelosidad facial y corporal de algunos japoneses se atribuye a contactos genĂ©ticos con los pueblos del Norte. El profesor Kuroda pertenecĂ­a probablemente a este interesante grupo. Además tenĂ­a un rostro profundamente esculpido (digamos a lo Pasolini) que lo hacĂ­a asemejarse mucho más a un nativo de Hokkaido. Dejando aparte estas disquisiciones de antropologĂ­a fĂ­sica, el profesor Kuroda era una persona exquisita, siempre presta toda clase de gentilezas. SufrĂ­a quizá de cierto complejo de inferioridad, pero ClĂ© habĂ­a aprendido sobradamente que, en las relaciones con los otros, esta condiciĂłn se convierte en una gran virtud, que lleva a premuras de todo tipo. Lo importante, en el plano Ă©tico, es, de parte de los otros, no aprovecharse de eso. El profesor Kuroda sabĂ­a bien el italiano escrito y literario, estaba de heho traduciendo Il Principe de Niccolo Machiavelli, pero en el horizonte de lo hablado tambaleaba bastante. Como le sucede a muchos japoneses, no lograba distinguir claramente entre la l y la r, decĂ­a “Rondon” por London y “Ruoma” por Roma, y ni siquiera de modo regular, sino como le viniera en gana. ConfundĂ­a tambiĂ©n la b con la v, hesitando en la pronunciaciĂłn de “Benezia” por Venecia y “Vologna” por Bologna. En cuanto a las sĂ­labas gli, gni y semejantes, era mejor que se las saltara. Uno de los primeros dĂ­as tras el arribo de ClĂ© a Kioto, el profesor Kuroda se presentĂł en el Club de la universidad, para anunciar con una inmensa sonrisa: “Hoy me gustarĂ­a conduciru aru señoru Ruaimondi a visitar la “Birra Imperiale” de Shuugaku-in..” ClĂ©, en un primer momento, ya bien consciente de la importancia adquirida en JapĂłn, desde fines del 1800 en adelante, por la rubia bebida germánica, pensĂł (¡pero solo por un segundo!) que existĂ­a en Kioto una empresa de producciĂłn con licencia para jactarse con el prestigioso adjetivo “imperial”. Luego comprendiĂł que se trataba de una dificultad lingĂĽĂ­stica, y que la meta de la salida propuesta era la “Villa Imperial” del Shuugaku-in en las afueras de Kioto. Posterguemos por algunas páginas la visita a la Birra Imperial. Regresemos en cambio al Club de la universidad y a las llamadas de la señora Uriu. “Ah!” exclamĂł la señora y corriĂł hacia la mesa de ClĂ© en el curso de una comida. “Parece que hay algo… Dicen en la universidad que un profesor americano, Mister Thomas, ha retornado hace poco a los “Estados”, y que su casa debe estar libre. No pertenece a la universidad, sino que es privada, asĂ­ que será más cara. Para compensar esto parece que es muy bella. ÂżCuándo le gustarĂ­a ir a a verla? ” Esa tarde el matrimonio Uriu acompañó a ClĂ© a ver la famosa casa. Desde el Club el grupito caminĂł durante algunos minutos hacia el norte, cruzando la entrada principal de la universidad y atravesando la calle que conduce al PabellĂłn de Plata (Ghinkaku-ji), famoso templo y jardĂ­n de Kioto. Más adelante pasaron por el portal de madera de un templo budista conocido con dos nombres. Oficialmente llamado Chion-ji (Templo de la Gratitud), pero popularmente conocido como Hyakumanben (Un millĂłn de veces). En 1331 hubo en Kioto una peste que causĂł muchos muertos; el abad del tempo hizo repetir un millĂłn de veces una cĂ©lebre plegaria breve Ăştil para la salud, cuyos mágicos efectos pronto se hicieron evidentes. Como recuerdo, el templo fue rebautizado “Un millĂłn de veces”. En los paĂ­ses budistas la palabra “templo” no indica (como podrĂ­a imaginar el lector occidental) un solo edificio, no es un paralelo de los tĂ©rminos “iglesia”, “mezquita”, “sinagoga”. Templo (tera o, como sufijo, ji) indica un vasto conjunto, un complejo de edificios y espacios libres, casi siempre ordenados como jardĂ­n. En el caso en cuestiĂłn, traspasado el portal de ingreso se presentĂł a los ojos de ClĂ© un espacio cubierto de pedregullo al final del cual se alzaba el pabellĂłn principal, flanqueado por otros edificios menores destinados a diversos usos. El conjunto pertenecĂ­a, como ya dije, a la secta Joodo, una de las principales en el panorama del Budismo japonĂ©s. El templo no era muy antiguo, como suele suceder hubo incendios y reconstrucciones (la Ăşltima de 1662), pero los diseños originales se respetaron siempre rigurosamente, en cada ocasiĂłn. De alguna manera la madera del sagrado edificio habĂ­a, con el tiempo, madurado, se habĂ­a cocido, por asĂ­ decirlo, adquiriendo una preciosa pátina de un marrĂłn oscuro. DespuĂ©s de cruzar varios pabellones de Un millĂłn de veces, el grupito llegĂł a un portal secundario sobre una callecita de pedregullo, flanqueada por casas bajas de impecable presencia tradicional, y por jardines rodeados por muros bajos bien arreglados donde florecĂ­an gardenias. “Esta es la casa” exclamĂł Miki Uriu, apuntando con la mano un edificio de aspecto neutro pero sĂłlido, menos cuidado que las villas vecinas, con algunos árboles y un jardĂ­n desprolijo, cercado por un muro de la altura de un paseante. “Eximio Kami de las casas, gracias” murmurĂł ClĂ©, sonriendo interiormente. “Una vez más lo has logrado, simpático truhán.” En verdad la casa bien podĂ­a calificarse de ideal, se parecĂ­a a aquella de la calle Once, abandonada hacĂ­a poco en Sapporo. Estaba concebida a la occidental, es decir con habitaciones con piso de madera, no con las esteras tatami a la japonesa, por lo tanto con sillas y mesas en el comedor, el salĂłn y el estudio, y con camas en los dormitorios; incluso el baño era a la occidental. Además habĂ­a una cĂłmoda cocina y dos cuartos a la japonesa para la cocinera y los eventuales ayudantes domĂ©sticos. Malachite, apenas llegada de Tokio, se puso contentĂ­sima, y ¡sĂ­ que se habĂ­a vuelto, con el tiempo, bastante difĂ­cil de contentar! Por las ventanas se disfrutaba de una vista que no tenĂ­a nada en comĂşn con aquellas dramáticas y esplĂ©ndidas de la torre de Marsili o de Fiesole, pero que a su humilde y casta manera era exquisitamente carácterĂ­stica del viejo JapĂłn. Se ha dicho tantas veces que la arquitectura sino-coreo-japonesa es una obra de techos; los cuales se presentan con curvas medianamente acentuadas, medianamente elegantes. Se ha incluso supuesto que estas curvas venĂ­an del Norte, de la costumbre por parte de los nĂłmades de hacerse las tiendas con pieles de animales y de sostener sus bordes con palos. En suma, de las ventanas se adivinaba, en medio de una dulce confusiĂłn de ramas de pino, la parte más alta del gran techo que cubrĂ­a el pabellĂłn mayor en el templo de Hyakumanben. Se adivinaban tambiĂ©n, de abajo hacia arriba, los perfiles verdĂ­simos de las colinas que limitan con Kioto al este, y que culminan en el Monte Hiei (843 metros). La localidad donde los Raimondi iban a instalarse se llamaba Asukai-choo, esto es “Barrio del Pozo de Asuka”. Asuka a su vez significaba “Pájaro que vuela”. En suma, completo significaba “Barrio del Pozo del Pájaro que vuela”. Nombre curioso, pero tĂ­pico y pleno de referencias histĂłricas. Hace miles de años, en la era Heian (794-1185) se llamaba asuka a ciertos cantos populares. El nombre fue adoptado por un poeta y campeĂłn de kemari, (una suerte de pacato y ceremonial juego de balonpiĂ©), famosĂ­simo en la sociedad elegante de su tiempo, quien lo transmite a sus descendientes, evidentemente establecidos en esa zona de Kioto. Era definitivamente un nombre altamente miyabiyaka, como le explicĂł Miki Urui a ClĂ©, esto es “antiguo y gentil”. De Case, amori, universi, por Fosco Maraini (Mondadori, diciembre 1999).

TraducciĂłn: Amalia Sato.

Homenaje a V. H de Mercedes RoffĂ©

Placer de tener entre manos un libro engamado en el arco del sepia. Como una caja laqueada de alguna madera preciosa, en el tono vintage de ese pigmento de una criatura marina que es color de grabados y dibujos y fotos con su categoría agée.
Un libro que se declara tributo a Victor Hugo y a sus más de cuatro mil dibujos, esos “brown washes” esbozados en papeles minúsculos, en cualquier hoja o cuaderno, con los elementos adecuados del hacer artístico o con borra de café, o té o cualquier licor que los dedos incansables de su autor encontraran. Esa obra secreta, manirrotamente obsequiada a amigos, que se decía deudora de Goya y cuya libertad, que oscilaba entre lo figurativo y lo abstracto o lo onírico,
deslumbrĂł a los surrealistas.
También las manos de la amiga poeta, escaparon del teclado o la pluma que las entregaba a la labor de escritura y, con añoranza también del buril de su padre grabador, empezaron a experimentar con tintas, con pinceles, y luego con cámaras captando en su marcha flaneur fragmentos de graffitis, o encuadrando superficies que informalmente convocaban al desciframiento de una escritura, o a su
gestaciĂłn. Eso bien lo supieron las damas de la Corte japonesa, cuando durante siglos fueron deshaciendo el cuadrado de los ideogramas en filamentos que
fueron los trazos de la escritura fonética, o escritura
de mujeres, con la caligrafĂ­a de hierbas.
Hay ya en las experiencias de Mercedes poemas ecfrásticos y escritura asémica, y sus fotos dialogando con poemas en afinidad electiva, y también hay promesa de poemas suyos interactuando con collages afines. Pero este libro es una conversación entre imágenes. Nació en un castillo de Umbria (el Civitella Ranieri), donde la poeta disfrutaba de una beca y tenía a disposición una biblioteca, y allí descubrió el maravilloso volumen Stones and Stains, the drawings of V.H. Y este deslumbramiento ante este corpus de trabajos, con su rapidez de sketch, registro de todo lo
que llamaba la atención del escritor: un detalle, un paisaje, un rincón urbano, la lleva a ordenar algunas de sus fotos en un pantone mimético. Honrar a su modo la segunda vocación o don de VH. Un arco de imágenes fotográficas de Mercedes Roffé que hacen aterciopelado eco a esa obra secreta.

Amalia Sato, 10 de febrero de 2021
Buenos Aires, Argentina