Apuntes iniciales para una nota sobre coleccionistas fin de siglo.

Por Amalia Sato

Revista Barzón 29, agosto 2013

Epílogo Colección

En 1856 Félix Bracquemond encontró en el taller de su impresor copias de grabados de Hokusai, utilizadas como material de enbalaje para un pedido de porcelanas. Las láminas que en Japón se despreciaban ante el avance de la occidentalización empezaron a ser atesoradas por los artistas europeos, a quienes estas imágenes de un mundo flotante que iba desapareciendo en las lejanas islas abría un campo de posibilidades conceptuales inéditas.  

Vincent van Gogh le escribía a su hermanoThéo: Mi atelier es ahora bastante soportable, sobre todo desde que pinché en las paredes toda mi colección de grabados japoneses, que me gustan tanto

Claude Monet descubrió en Holanda las estampas japonesas y dedicó gran parte de sus últimos treinta años de vida a estudiarlas y las más de doscientas que llegó a comprar acompañaron el desarrollo de su casa/jardín en Giverny, esa  paleta viva de colores estacionales que también nutría con las plantas y flores exóticas que eran motivo en los admirados grabados y que se hacía traer expresamente. 

Klimt, Toulousse Lautrec, los hermanos Goncourt…las casas de antigüedades, los marchands. Biombos, lacas, porcelanas, grabados, marfiles…    

En otro fin de siglo muy diferente, desde 1990 la afición japoniste también hace furor pero desde el Toy Movement. Los urban vinyl toys en ediciones limitadas pero precios accesibles son la pasión de una comunidad de coleccionistas que manejan otros valores entre arte y comercio, y que no se intimidan ante las distancias entre alto y bajo arte. 

Algunos de ellos, optimistas, apuestan a la cotización de ciertas piezas y las conservan en sus cajas originales, como antes los bibliófilos a los libros intonsos; si bien por otra parte, algunas figuras pueden customizarse, intervenirse, personalizarse. Hasta en el más minúsculo departamento cápsula de Tokio, o rabbit hutch como deslucidamente los nombran, el rincón para los muñecos urban plastic, de un material tan precioso como antes la laca,  es un altar estético preservado. 

Y allí avanzan nuevas legiones de coleccionistas rigurosamente categorizadas,por citar algunos neologismos: a alguien con aficiones obsesivas sobre cualquier tema o campo se le reconoce como un otaku (en su origen un pronombre honorífico), si lo enloquece la tecnología es un geek, e incluso el diccionario de la Real Academia Española admite el vocablo friki para caracterizar a toda persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición. Toda una nueva semántica para seres que valoran un mundo infantil, socialmente desmañados, con modales más suaves, autorizados en sus gustos no por lo exclusivo sino por lo que circula y satura. En fin, triunfo del mundo pop.        

En el Museo de Arte de Aomori, el Lonesome Puppy de Yoshitomo Nara, el cachorro gigantesco y blanco al que dan ganas de treparse, como en el cuento que dio lugar a la escultura, ícono de un mundo sentimental – que también tuvo su versión peluche con diez patas o la plástica como  taza musical giratoria disponible en los anaqueles de internet – es una prueba de lo complejo, polimorfo, dúctil y mutante que puede ser este universo surgido de la historieta manga.  Otra vez la ilustración horadando conceptos, a partir de una autorización que no viene de museos, o marchands o de adinerados compradores, un permiso para un nuevo universo de objetos codiciados  que se extiende como una blanda mancha de aceite de emociones deseantes. 

Coup de foudre y connaissance, digamos flechazo y saber, como siempre en este terreno. La caza del objeto. Plástico por laca, amuletos por netsuke, stickers y pins por grabados. Ahora, en otro fin de siglo comprender el arte de ser superficiales. El elogio de la futilidad de una cultura consumista  que se desliza sobre superficies sin fin.