Pinta en sueños de noche duerme.

Por Héctor Libertella

El poderoso imaginario de Prior, ese fantasma de cuerpo presente, es el que le da soporte al papel en esta Muestra exactamente como lo hizo, con otros materiales, en otras tantas experiencias suyas anteriores: les da crédito.

Dicen los fundamentalistas – de la arquitectura, claro – que la débil tela de la carpa beduina viene antes que los ladrillos del Empire State y, conceptualmente, todavía hoy los sostiene. Qué paradoja que las oficinas de sólidas paredes del Empire estén adornadas con telas pintadas que son como los pocos restos firmes de su estructura.

Busco el punto ciego de esta obra, lo inasible, y pienso: para Prior, no toda es pintura la de los ojos abiertos. ¿De qué lado miramos entonces esta Muestra? ¿Qué cosa podría venir sobrando de modo que si la quitamos el Empire State no se venga abajo? ¿Será la representación del objeto que Prior asume por acá, y que por allá apenas insinúa? ¿Será el mismísimo papel el que viene sobrando en posición de ornato? ¿O acaso los títulos de las obras que pueden ser borrados y reescritos como se hace en un palimpsesto?

Una última pregunta: ¿cómo agarra, cómo toma el mármol los colores y permite la labilidad de los trazos sino porque les regala su lisa y mansa superficie, así como los antiguos templos griegos fueron una fiesta de colorinches, hasta que les cayó encima la adusta brocha gorda del Clasicismo y los hizo blancos? Así, así, sería propio de la dimensión desconocida adivinar qué otros colores y formas hubiera tenido el arte de Prior, si él no entregaba por completo su pathos,  como lo hizo, en estos papiros que algún día tal vez fueron blancos, tal vez no.

En fin, acá entre estos escombros teóricos que propuse, por suerte, sólo deambulan la pintura más verdadera y su exquisito fantasma.