Sobre el libro de artista Zuihitsu Sharaku Quaine

Obra de Ezequiel Quaine

Ezequiel Quaine: por un estudio de las leyes excepcionales

Por Amalia Sato

Un joven (que luego me entero es abogado), cuyo apellido gaélico significa descendiente de Conn, se acerca a saludarme en Tijuana (no la ciudad fronteriza sino una feria de editoriales independientes) y me propone conocer su libro de artista – que yo llamaría ya sugestionada El caso Sharaku por Ezequiel Quaine – aunque en letras de oro la tapa diga Seguros/ Registro de operaciones y la portada Zuihitsu Sharaku Quaine. Difícil eludir la tentación de citar a  ese casi homónimo de Ezequiel Quaine, el Herbert Quain de Borges. Recibo un ejemplar de una serie de siete – como todos, caligrafiado a mano -: primero sobre hojas pintadas de negro como los dientes de las mujeres casadas, la sección Grabados: dibujos propios versionando ukiyoe, posteriormente fotografiados –no me atrevo a controlar si son 140 como los del maestro invocado- todos cubiertos con un papel transparente trazado con poemas a lo haiku o sueltos garabatos; a continuación las páginas de este libro contable, maquilladas con una pátina de témpera blanca como una geisha, recogen la segunda sección El Copista y El Glosador – el ensayo fragmentario al correr de la pluma (zuihitsu) como lo proponía Sei Shonagon, donde las reflexiones propias se intercalan con las citas -; por último la sección Registro de Operaciones – precedida por la imagen sobre fondo gris y sin el detalle del papel transparente de un actor mujer onnagata con sus horquillas como pétalos de crisantemo-: aquí revela cómo los pasos que han puntuado su proyecto han sido perfectamente orquestados. Creo que el pedido de un texto – este que intento  – entrará en una cuarta sección: la que arroje su objeto libro a las corrientes del mundo. Todo este universo en que Quaine se abisma a través de su Sharaku está vivo; los actores operísticos y excesivos que Sharaku conoció siguen en acción; recuerdo la función en 2008 en Tokio con Bando Tamasaburoo, el actor onnagata más bello de estos tiempos recibido con gritos de admiración perfectamente intercalados en el fraseo escénico, los mie o momentos de pose extática imitando a los muñecos Bunraku, al igual que la bizquera tan explotada por Sharaku; y he aquí que en Buenos Aires alguien que vio una exposición humildemente montada y difundida hace años (los 90 y pico) en un piso de la Biblioteca Nacional, se apasionó por este artista grabador de quien no se sabe casi nada y se sospecha casi todo, y lo homenajea. Pasión detectivesca, reverencia por la copia, obsesión caligráfica y cortesía. Senderos que se bifurcan entre las ondas de nuestro mundo, que flota misterioso como hace siglos.