Amalia Sato y los sonidos del mundo como dones

    domingo, 21 de febrero de 2021 · 10:13

    Por Susana Szwarc

    (Poeta y dramaturga)

¿Nos contás cómo (la revista) Tokonoma se mantiene  en el panorama cultural argentino?

 En 1994, me decido a iniciar su publicación. Sentía que si no difundía yo ciertas cosas, sobre todo traducciones de literatura japonesa que desde hacía unos años había emprendido, en ese momento no lo haría nadie. Pero la idea era gestar una revista literaria amplia, y así fue. Recuerdo que Luis Thonis, que estuvo tan cerca en esos tiempos, me aconsejó agregar debajo del nombre, traducción y literatura, y eso resultó muy orientador, difusión de textos, probidad de la traducción y escritura en un sentido abierto.

¿Cómo surgió el nombre “tokonoma” y cómo fue su circulación?

En cuanto al nombre, se lo debemos a José Lezama Lima y a su poema El pabellón del vacío, donde la palabra “tokonoma”, ese altar estético de la casa tradicional en Japón, es en el vocabulario poético del autor cubano todas las posibilidades del juego cultural. A esta distancia de 27 años, parece increíble ese boca a boca de recomendación entre libreros, esa circulación por las librerías de la calle Corrientes en Capital y por librerías de Rosario, Córdoba y por bibliotecas, esa consignación de ejemplares a cuenta gota pero eficaz, y la difusión en mano y la venta feliz en las presentaciones de cada número. Todos los amigos y los amigos de los amigos escribieron en “tokonoma” y, para muchos, y lo digo con alegría de editora, fue incluso un bautismo en la escritura. Sería injusta si hiciera aquí un recorte de nombres pero hasta antologías de textos se armaron a partir de la entrega de un texto a cada número anual de la revista. Y el compromiso era ante todo el mío, que participaba escribiendo.    

 ¿Se consiguen los números anteriores de la revista?

Mi mayor deseo sería digitalizar todos los números, (los dos últimos fueron digitales), para que pueda compartirse – ahora que están casi todos agotados – la amplitud de intereses que se desplegaron. En el primer número destaco el cuento “El manantial del arco iris” de la recordada AtsukoTanabe, profesora de literatura japonesa en México, y ya en el segundo la presencia de Haroldo de Campos, para mí un modelo de esa vitalidad antropofágica de nuestra América. Y mucha traducción, como dije, y aquí destaco que un fragmento de “El Libro de la

Almohada” publicado en la revista despertó el interés de Edgardo Russo y de allí vino la edición completa del clásico ya con tantas ediciones. Mucho ensayo original: Thonis, Sosa Días,Cippolini, Aira, Kirsch, Haroldo de Campos, Quartucci. Muchos anticipos de libros. Siempre presencia de poetas: Roffé, Pasini, Heer, Cignoni, Ponce, Negroni, Lukin, Szwarc, Reches, Guaragno etc. etc. Los cuentos de Pángaro que luego fueron “Los señores chinos”, ese libro único y tantas veces reeditado; el relato de Diego Posadas “El tren ya pasó” que es la re-invención del haiku, los textos de Alfredo Prior van a ser publicados como libro en estos días, y tus relatos, Susana, que ilusiono como una futura antología de un Japón paralelo que nos observa.

 Fueron saliendo ensayos valiosísimos que releo cada tanto.

 Un punto fuerte de la revista fueron los ensayos. Dejáme que cite algunos que marcaron línea: Wixted sobre poesía japonesa clásica y las influencias chinas,  Aira sobre Tanizaki; Mattoni sobre Kawabata; Sosa Días sobre Piñera Lamborghini y Feiling; Thonis sobre Macedonio, Voltaire, Arlt; Piro sobre Wilcock, y las traducciones de ensayos –cito a Savino y tantos otros.

Los artistas plásticos colaboraron también y se dio una interrelación de los mundos de la plástica y la escritura. ¿Quiénes participaron?

Hubo sí un acompañamiento del mundo de los pintores, que enriquecía el diseño y la visualidad de la revista, en su humilde materialidad de celulosa: Cambre, Monzo, Avelo, Posadas. Y desde el número 8 las tapas de Ros, siempre diferentes e inesperadas.

En tres números de la tokonoma, con más páginas que las anteriores, pedías a los autores que trabajaran con palabras en japonés y donde el imaginario Japón estuviese presente, y muchos escritores desearon participar. ¿Cómo fue esa convocatoria?

Sí, los tres últimos números publicados en papel (llegamos en esa modalidad hasta el número 16)  reúnen 97 textos, una prueba de la efervescencia textual que se despierta desde una consigna. Mucho de un Japón desde nuestra lengua y nuestra mirada con total libertad. Pienso lo divertido que sería traducir todos los números de la revista al japonés, para provocar en esa antípoda un efecto inesperado y ver qué lectura despierta. Y me encantaría encontrar el modo de distribuir los ejemplares que han quedado.    

 Nos diste a conocer y  fuiste la transmisora del teatro de papel, “Kamishibai” en Argentina, ¿cómo surgió este impulso?

 El teatro de papel, kamishibai, palabra que ya circula con soltura en nuestro medio, tuvo curiosamente su impulso – si bien había hecho funciones para el colectivo Zapatos Rojos y la Fundación del Jardín Japonés y en reuniones de amigos –  a partir de una invitación del Centro Cultural de España en Buenos Aires en 2006; su directora entonces, Lidia Blanco, nos ofreció la sala de la calle Paraná, y allí iniciamos la difusión con obras originales. Los amigos del grupo original fueron convocando a otros y así como una mancha de aceite por la suavidad y celeridad con que se fue corriendo la voz y las funciones quedó instalada la práctica de este teatro, callejero y popular, nacido en Japón a fines de la década de 1920, en plena crisis económica. Obras originales versiones de Kawabata, del Libro de la Almohada, de leyendas argentinas, de leyendas japonesas, creaciones colectivas, difusión de viejas obras originales traducidas del japonés, en fin, un corpus que sigue su expansión. Más talleres, invitaciones a provincias, donde se replica con entusiasmo. Y el encuentro y noticias de teatristas que llegaron al kamishibai también por otras vías, como internet o en viajes. Nombro a algunos de los que se lanzaron a la difusión: Diego Posadas, Maria Eva Blotta, Delius, Renata Lozupone, Masao, Nicolás Prior, Julia Masvernat, Gustavo Schwartz, Liliana Lukin, Adriana Vázquez, Sergio Pángaro, Rafael Cippolini, Patricia Jawerbaum, y tantos etc. Un verdadero work in progress que va cosechando sus replicantes, de ellos tantos que nos mandan información sobre sus funciones, incluso de Brasil y Perú.

¿Qué dirían los 45.000 teatristas que pedaleando en sus bicicletas lo llevaron a su apogeo en Japón entre 1930 y 1955, ante este renacimiento argentino? Hay un lugar que crearon los amigos en la red: club argentino de kamishibai, donde se suben noticias. Y dejáme recordar, Susana, tu interpretación, junto con Valentina San Miguel que tocaba su flauta dulce, de ese cuento de un niño que entendía el lenguaje de los cuervos;  y nombrar a Laura Szwarc, difusora y autora del libro “Entre láminas” que propicia esta modalidad de teatro entre otras. ¡Cómo nos divertimos, y cómo pasa el tiempo!  

Has traducido a grandes autores de Brasil y también de la literatura japonesa como “El libro de la almohada”. Y sos una de nuestras traductoras más reconocidas. Decinos algo de la traducción y qué autores te fueron más convocantes. 

 Bueno, te agradezco el elogio. En realidad me considero una afortunada por lo que pude traducir. Mis dos espacios de ilusión cultural fueron y son, y agrego a Italia desde los últimos años, Japón y Brasil. La mayoría de las traducciones fueron propuestas mías a las editoriales. De Japón, además de “El Libro de la almohada”, Soseki, Ogai y Higuchi Ichiyo, los tres nombres claves de la era Meiji, fueron un compromiso, tal vez, lo pienso ahora, porque fue la época en que mis abuelos partieron de ese Japón en plena occidentalización. Y tantos textos en la revista, o el Saikaku que tiene una edición de lujo. Por supuesto, los Kawabata en Planeta me hicieron conocer ese arco de experimentación narrativa que abarca su vida. De Brasil, me enorgullezco de mis tres Haroldo de Campos, y de Doña Flor y sus dos maridos, en este caso sobre todo por la oportunidad de dialogar con la histórica traducción de Lorenzo Vega, exiliado español, que me emocionó con sus elecciones. Y Clarice Lispector, Vilma Areas, Júlia Lopes de Almeida, para citar a estas escritoras de escritura desafiante y de distintas épocas que me confiaron y me deslumbraron.   

Por supuesto que hay tanto para comentar pero siempre resumo en Haroldo mi  ideal de trabajo: lenguas, traducciones, amplitud total de miras y el concepto de transcreación.

Volvamos a la Tokonoma, siendo que hace unos meses salió el último número.

 El año pasado, el tan difícil 2020, con cuyo clima todavía seguimos conviviendo sentí el irrefrenable impulso de dispersar otro número de tokonoma, después del número también digital de 2018 que recogía el material de 2013 con que había quedado en deuda. Con la consigna “imagen de un viaje soñado” que me pareció lo suficientemente amable, reuní nueve textos de afectos cosechados en los últimos años, y lo sentí como algo refrescante e inesperado, con la tapa de Alejandro Ros en un rosa Kenzo y el diseño de Nicolás Prior.

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